domingo, enero 18, 2009

CONNIVENCIAS

Tal vez la verdadera naturaleza de los recuerdos viejos sea la de los trastos viejos: conforme uno los va redescubriendo (como hoy, mientras limpiamos el trastero casi impracticable), va uno descartando su pertinencia, las buenas intenciones que los justificaban, su necesidad. Lo mejor sería hacer una gran hoguera con todos ellos, trastos y recuerdos. Pero como uno no deja de ser un buen ciudadano ni siquiera en estas circunstancias, los va arrojando (los trastos, no los recuerdos) ordenadamente a diversas bolsas, destinadas a sus respectivos contenedores de residuos. A la de desechos eléctricos, por ejemplo, va el teclado de mi primer ordenador, con el que escribí mis dos primeras novelas (¿debe ir uno pensando ya en su museo póstumo?), el amplificador de señal que hizo posible la recepción de las ondas televisivas en nuestra primera casa en el casco viejo, varias lámparas inservibles, una maraña de cables y clavijas. Cualquier registro mantenido durante un tiempo lo suficientemente largo vale para contar una vida.

Pero quizá lo verdaderamente conmovedor son los objetos que, olvidados y redescubiertos, son indultados y reciben una segunda oportunidad. Entre ellos, la vieja colección de peluches de C., que le fueron confiscados por causa de sus alergias infantiles y que ahora parecen lo suficientemente inocuos como para volver a la habitación que una vez adornaron. Estaban en una caja debidamente precintada. Y lo curioso es que entre ellos echamos de menos al que en su día fue el preferido de C. Su desaparición es inexplicable. Tal vez no haya tenido paciencia para esperar este momento, y haya aprovechado algún descuido nuestro para escapar y vivir su propia vida.

Luego viene la segunda parte: con el coche cargado de trastos, vamos al punto de recogida de residuos más próximo. Allí también tienen su lógica, que no siempre coincide con la nuestra. ¿En qué contenedor arrojamos el viejo triciclo de C.? ¿En el de muebles? ? ¿En el de chatarra? También esa difícil elección encierra, qué duda cabe, un matiz sentimental.

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El intercambio (Changeling), de Clint Eastwood: un repaso a algunas de las diversas encarnaciones del mal en las sociedades modernas (aunque esa modernidad se remonte, en fin, a 1928): un asesino en serie, cómo no; pero también la ceguera, la estulticia y la arrogancia de una administración incompetente y corrupta, que no duda en ensañarse con el ciudadano cuando éste amenaza con ponerla en evidencia. Una historia dura e inquietante, de la que el espectador no sale indemne. Sobre todo, por la evidencia de que, independientemente del grado de corrupción que alcance la sociedad que a uno le haya tocado vivir, el nivel de connivencias entre quienes la manejan es siempre muy alto, y uno sólo puede aspirar a vencerlas si es capaz, a su vez, de concitar connivencias distintas. En el caso de la película, la atribulada protagonista logra, por caminos diversos, atraerse el apoyo de un sacerdote protestatario y de un oficial de policía celoso de su deber, además de otras muchas solidaridades anónimas. Pero ¿qué hubiera pasado si incluso esos resortes, propios de una sociedad civil compleja, hubieran fallado? Pienso en nuestro país. Y las conclusiones a las que llego son más terroríficas, en fin, que la propia película.

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La ola de frío es sustituida por una de esas primaveras recónditas que se agazapan entre los días de invierno. Sobran abrigos y bufandas. Y sobran, sobre todo, esas prevenciones con las que uno se había pertrechado contra el frío. Y a éstas, a diferencia de las prendas de abrigo, no hay armario donde guardarlas.

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