viernes, enero 16, 2009

DIOS EN LOS AUTOBUSES

Si Santa Teresa decía que Dios también estaba entre los pucheros, no hay nada que oponer a que lo anuncien en los autobuses, ya sea para negar su existencia o para afirmarla. Se está haciendo ya en varias ciudades españolas, siguiendo el ejemplo de una polémica campaña que se inició en Londres. Allí fue un grupo agnóstico el que decidió patrocinar un anuncio en el que se hacía saber a los viandantes que Dios probablemente no existe, y se les exhortaba a vivir sin esa preocupación. Cuando la noticia llegó a España, parecía una muestra más de ese humor entre cínico y nihilista que se gastan los ingleses de hoy, tan de vuelta de todo. Pero no han tardado en surgir imitadores, e incluso una animosa campaña de signo contrario; con lo que la verdadera noticia, en España, no es ya que cada cual ejerza su libertad de expresión como le venga en gana, sino que haya un nuevo motivo de disputa pública, y que los contendientes estén dispuestos a ventilar sus diferencias en debates más bien poco educados, como alguno que ya se ha oído en la radio.

No hay que extrañarse: aquí hasta los espectadores del cine español, que cada vez son menos, andan divididos entre los partidarios de Almodóvar o Amenábar, presuntos campeones del librepensamiento fílmico, y quienes todavía se emocionan con los argumentos algo rancios y tradicionales de Garci. Controversias similares se han dado incluso en campos tan inesperados como la gastronomía, donde los partidarios de la muy avanzada emulsión de higos se han enfrentado a los tradicionalistas del jamón ibérico. Lo urgente, parece ser, es definirse como progresista o, algo más reticentemente, como conservador; lo que, después de todo, llama mucho la atención en un país que, históricamente, ni tiene definido un horizonte claro de progreso (como los tuvieron Francia o Inglaterra en su larga marcha hacia sus respectivos sistemas políticos) ni se ha esforzado jamás por conservar otro legado que no sean las fortunas personales de algunos.

Y ahora aparece el nombre de Dios en los autobuses, en abierta contravención del sabio mandamiento que prohíbe tomarlo en vano, y que deberíamos cumplir por igual creyentes y agnósticos: unos, por respeto; y otros, por coherencia con la filosofía que dicen defender. Ya siento ganas anticipadas de bostezar ante la sola idea de que, en cuestión de semanas, veré a vecinos, parientes y compañeros de trabajo luciendo pegatinas de uno u otro signo; y ante la posibilidad, en fin, de que alguno se atreva a preguntarme qué pienso al respecto. Para ésos tengo ya la respuesta preparada: con Dios, o con el no-Dios de cada cual, lo mejor es entenderse a solas. O no entenderse, si es lo que se prefiere. Y que en esa privacidad, si se desea, cabe todo el universo, en su inabarcable riqueza y variedad. Con una sola exclusión: los pelmazos.

Publicado el pasado martes en
Diario de Cádiz

6 comentarios:

Mery dijo...

Bravo por lo de "pelmazos".

José Miguel Ridao dijo...

Al menos se habla del no-Dios, cosa rara por estas latitudes. Me gusta la campaña más que nada para contrarrestar el fundamentalismo religioso, aunque espero que el colectivo agnóstico no se venga arriba y se convierta en fundamentalista también.

Benito dijo...

¿Qué sería el fundamentalismo agnóstico? ¿Racionalismo?

José Miguel Ridao dijo...

No sería racionalismo sino tiranía, intolerancia, no en el nombre de Dios, sino del no-Dios.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sobre este asunto, recomiendo la viñeta de El Roto de ayer.

Iñaskis K dijo...

Si no nos dieran la murga teísta, ahora nos podríamos ahorrar la ateísta... Pero el caso es dar la murga...