sábado, enero 03, 2009

EFECTOS MORALES

Mientras escribo esta cuartilla, veo pasar al pie de mi ventana a decenas de viandantes cargados con las consabidas compras navideñas. Resulta una imagen tranquilizadora: pese a la crisis, pese a los pronósticos catastrofistas, los comercios venden sus mercancías y la gente las compra, lo que significa que la maquinaria económica, mejor o peor, sigue funcionando. No dudo de que se repondrá: desde los inicios del capitalismo, tanto sus partidarios como sus detractores han estado de acuerdo en que una de las características de este sistema económico es que alterna periodos de expansión con periodos de recesión, y que unos son consecuencia de los otros y viceversa.

Lo que es nueva, quizá, es la tesitura. La recién adquirida conciencia ecológica, por ejemplo, nos dice que el consumo de bienes no puede seguir creciendo de modo exponencial, so pena de agotar los recursos del planeta y alterar su equilibrio ecológico, lo que puede traducirse en devastadoras catástrofes naturales y humanas… Hasta ahora, esta doctrina, asumida incluso por los más reticentes, había servido de coartada moral: bastaba que nos recordásemos de vez en cuando estos principios para que, tras cerrar un grifo o aplazar durante unos días algún gasto superfluo, sintiéramos que habíamos hecho algo por enderezar el rumbo de las cosas, y que, si éstas no mejoraban, sería por culpa de otros. Con ese mismo espíritu acogíamos determinadas campañas oficiales. Celebrábamos, por ejemplo, el Día sin Coches, sabiendo de antemano que iba a tener una repercusión mínima en nuestros hábitos, pero felices de que se nos recordara la necesidad de no malgastar energía, de no contaminar el aire, de no colapsar las ciudades con un tráfico a menudo injustificado y absurdo. ¿Quién no se apuntaba a los buenos deseos proclamados en estas campañas? Lo mismo pasaba con el consumismo en general: ¿quién no se ha permitido, por estas mismas fechas, lanzar una requisitoria contra el consumo desmedido, y abogar por un mundo en el que pusiéramos coto a los excesos que solemos cometer estos días?

Pero ha llegado la crisis y lo primero que ha venido a demostrar es que, si el consumo cae, como habíamos deseado temerariamente en algunos momentos esporádicos de inquietud ecológica y solidaria, el sistema se tambalea. Ningún gobernante, que yo sepa, se ha congratulado públicamente de que se vendan menos coches, como era necesario, o de que los precios de determinados bienes básicos (la vivienda, por ejemplo) estén cayendo, como era justo. Nos está pasando lo que al rey Midas: estamos constatando que el cumplimiento de nuestros deseos suponía, en el fondo, una maldición.

Ya digo que no me cabe duda de que superaremos esta crisis económica. De lo que no estoy tan seguro es de si nos recuperaremos igual de pronto de sus devastadores efectos morales.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

3 comentarios:

Eduardo Flores dijo...

Estimado José Manuel,

Se ha hablado largo y tendido -muy a la ligera a mi parecer- de la ya típica expresión "desarrollo sostenible", y pienso, que quizá muy pocos se han sentado a rumiar sobre su sencillo significado. Acaso alguien pensó que nos podíamos comportar de buenas a primeras como seres humanos ejemplares, y que el mundo siguiera con su rollete de rotación y traslación, sin más. Criaturas inadpatadas pero incríblemente adaptadoras del medio por naturaleza ¿Qué pensaban?
No es fácil, por supuesto, pero desarrollo sostenible implica equilibrio, no un milagro.

Por cierto José Manuel. Ocurré que acabo de leer Los hombres que no amaban a las mujeres. Por no sé qué razón, su protagonista, durante el tiempo empleado en leer la novela ha usado tu cara. Espero no te molestes con él.

Un saludo,
Eduardo Flores

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Muy sabia reflexión, José Manuel.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No he leído la novela que me dices, Eduardo, así que espero más datos. De todos modos, te diré que yo sí que amo a las mujeres.
Un abrazo,
JM