viernes, enero 02, 2009

SERPIENTE

Con las últimas lluvias, el cauce de este arroyo, habitualmente seco, lleva un nutrido caudal. Salta con coquetería entre las piedras y se remansa plácidamente en los hondones, como queriendo aprovechar bien las posibilidades que le brinda su breve ocasión de lucirse. Es una visión única, que apenas dura unas pocas semanas al año.

Y mientras la disfruto desde un recodo, oigo que en el puentecillo próximo unos mocosos desconsiderados andan acarreando piedras grandes arrancadas del cauce y dejándolas caer en el remanso que se ha formado justo a los pies del puente, sólo por el placer de ver las salpicaduras. Me asomo, veo las heridas sanguinolentas que las piedras arrancadas han dejado en el cauce, el remanso revuelto y el lugar, por así decirlo, profanado y sucio. Me siento en el puentecillo, con la esperanza de que mi presencia desanime a los desaprensivos. Éstos se refrenan unos instantes, pero enseguida interpretan mi gesto como una especie de desafío, y veo que están dispuestos a hacerle frente. Aburrido, sigo mi camino. Y apenas me he alejado unos pasos cuando vuelvo a oír caer piedras, seguidas de las consiguientes risotadas. Me vuelvo, les digo a los niños que el cauce es como tiene que ser, como lo ha conformado la naturaleza, y que ellos no tienen por qué desfigurarlo ni alterarlo. Me miran como si estuvieran viendo a un extraterrestre o a un loco. Se crea de nuevo la misma atmósfera tensa de antes. Comprendo que puedo pasarme así toda la mañana, y renuncio finalmente a intervenir en lo que me parece inevitable.

Pero lo más chocante llega después. M.A., que viene rezagada, me da el alcance y me comenta que, al pasar por el puentecillo, se ha cruzado con un adulto que paseaba unos perros, y que, al parecer, ha presenciado mi regañina de antes; y que les está diciendo a los niños que ni se les ocurra hacer caso " a ése", que no es nadie, ni tiene autoridad alguna para decirles lo que tienen que hacer.

He procurado demorar la vuelta lo más posible, para no volver a vérmelas con esos niños terribles, ni con ese siniestro paseante al que, al parecer, le gusta hacer el papel de serpiente en el Paraíso.

2 comentarios:

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Cuando reprendes a alguien en público, siempre te miran con un gesto entre desconcertado y chulesco. Quienes no tienen conciencia de nada, actúan de forma imprudente o temeraria, por muchos transversales que haya en el currículo. Falta una sólida base de educación, de conocimientos, sobre la que asentar valores. Y los mismo tiran piedras a un río que a un monumento o a una persona, qué más da. Y siempre habrá quien les ría las gracias. El año ha vuelto a nacernos viejo, ay.

Octavio dijo...

Coincido con Juan Antonio. A veces me entra (aún) un cierto sentimiento de culpa por no intervenir en situaciones como estas, en vista de la inutilidad del esfuerzo y el riesgo cada vez mayor que supone. Entiendo perfectamente ese demorarse en el regreso.