miércoles, enero 28, 2009

UPDIKE

A John Updike, como a otros, lo leímos un tiempo y luego dejamos de leerlo: hay un principio de economía lectora que nos lleva a no volver a ciertos autores una vez que consideramos que sabemos lo que nos van a ofrecer. No es que hayan perdido nuestra estima; simplemente, ahora son otros los que ocupan el primer plano de nuestra atención. De este cruel principio sólo quedan excluidos, en fin, esos pocos maestros que uno siente la necesidad de releer periódicamente.

La muerte suele ser el aldabonazo que nos lleva a reflexionar sobre la inevitable injusticia de este modo de administrarse: repaso hoy algunos poemas del recién fallecido Updike (hay una buena antología en Pre-Textos, traducida por José María Moreno Carrascal) y revivo el placer que en su día me produjeron, primero, los encuentros esporádicos que fui teniendo con su poesía; y luego la lectura de una porción de la misma lo suficientemente representativa como para hacerme una idea de su valía, que creo que es mucha. Updike, como Amis (padre) y Philip Larkin, fue un poeta que fundió magistralmente los ritmos clásicos con la dicción coloquial: su manejo del pentámetro (la versión inglesa del endecasílabo) es magistral, como lo es su modo de usar la marcada acentuación de ese metro para recalcar la intencionalidad de las palabras que lo forman, siempre cuidadosamente escogidas en un amplio registro que no excluye los vulgarismos y los términos de argot, y en el que ironía y melancolía van de la mano.

Menos suerte he tenido cuando he intentado volver sobre sus novelas: siempre algo coyunturales, y como incapaces de levantar el vuelo sobre la anodina realidad que describen. Lo que no quiere decir que no sean distraídas y de lectura remuneradora. Aunque, eso sí: de las que no requieren relecturas posteriores, porque dan todo lo que encierran de una vez.

Lo que, en función de lo dicho al principio, tampoco debe serle computado al siempre eficiente Updike como defecto.


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