martes, febrero 24, 2009

BUCÓLICA

Me llama mucho la atención esa costumbre de elogiar al político dimisionario: si, por el mero hecho de dimitir, ha demostrado su valía, su altura de miras, su sentido de la responsabilidad, etc., ¿no habrá sido un error empujarle a la dimisión o aceptársela? En esto pasa como en las necrológicas: que no hay difunto malo.

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En dos mil años la poesía bucólica no ha perdido su vigencia, pero tan larga andadura dificulta no poco el hallazgo de términos nuevos y convincentes para expresar la experiencia de comunión con la naturaleza. ¿Cómo contar las sensaciones que tuve ayer, mientras pasaba buena parte de la tarde sentado sobre las piedras grandes que sorteaba un arroyo? ¿Y que la textura misma de ese silencio entretejido de mil rumores era infinitamente más compleja y sugerente que el libro que tenía en las manos, de cuya lectura me apartaba con frecuencia para intentar penetrar en el sentido de lo que me rodeaba? Tampoco la nota de aprensión que produce la soledad absoluta era del todo ajena a tanta tradición acumulada. Ya lo decía Virgilio: latet anguis in herba.

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J.A.M. anda desbrozando su huerta, preparándola para la siembra de primavera. El terreno es pedregoso, por lo que a cada pase de la "mulita" o arado mecánico sale una nueva capa de cantos y pedruscos, que van engordando un montón adyacente. Nada indica que el afloramiento de piedras vaya a cesar, por lo que el único fin posible a esta tarea digna de Sísifo es alcanzar un estado en el que, aun aceptando la presencia de piedras, se considere que el terreno está lo bastante mullido como para acoger la simiente. Él, que es pintor, tiene alguna experiencia previa del asunto: tampoco se sabe a ciencia cierta cuando hay que dejar de retocar un cuadro; pero está claro que en algún momento hay que acogerse a esa solución de compromiso que supone dar por bueno lo logrado. O como decía J.R.J.: "no la toques ya más, etc."

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Uno de los impagables servicios que Hollywood ha prestado al cine universal es haber servido de piedra de toque para muchos prestigios foráneos, sobre todo europeos. En el obligado pase por Hollywood de muchas glorias del viejo continente se pone de manifiesto lo mejor y lo peor de cada cual. Algunos resisten bien el envite, otros no. Salieron, no ya airosos, sino reforzados, los alemanes Murnau (Amanecer) y Fritz Lang, por ejemplo (sin contar a muchos otros que, como el gran Douglas Sirk, deben la práctica totalidad de su prestigio a su obra americana). A otros, como a Max Ophuls, la experiencia americana no les añadió ni les quitó nada. Por último, hubo quienes no hicieron sino ponerse en evidencia cuando se les ofreció la posibildidad de filmar con los medios y recursos de la industra hollywoodense. Fue el caso de Renoir (al que debo confesar que nunca le he encontrado la gracia): viendo ayer Diario de una doncella (1946), la película que filmó con Paulette Goddard como protagonista, me pareció estar asistiendo a una parodia, no ya del cine del propio Renoir, sino de toda la qualité francesa: ¡esa horrible verbena del 14 de julio, con sus burgueses de opereta, sus criaditas enamoradas, su banda de música! Se le nota al director el prurito de querer demostrarles a los americanos lo que es ser francés. Y, claro, lo que le sale es justo lo que aquéllos creen la esencia misma de lo francés en cuanto ven un folleto turístico o escuchan una canción de Maurice Chevalier... Se entiende que la nouvelle vague arremetiera contra todo eso. Aunque, curiosamente, no del todo contra Renoir, a quien seguían considerando un maestro. Tal vez porque, después de todo, las películas le salían un tanto descabaladas, lo que absolvía de antemano el desaliño de no pocas realizaciones de la propia nouvelle vague.

1 comentario:

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Sobre la dimisión, tal vez al ministro le habría venido bien leer el soneto de Góngora que publico hoy en mi blog...