lunes, febrero 09, 2009

CALDO

Antes de ponerse uno el termómetro, la enfermedad sólo es una sensación por confirmar. Y a veces, sobre todo ante ciertos malestares comunes que parecen llegados expresamente para dificultar la sagrada rutina, es mejor no darse por enterados de su presencia.

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Pero lo que no puede evitar uno es esa curiosa textura que adquiere el mundo a ojos del afiebrado. En general, es un mundo mejor, pintado con colores más suaves y hecho como para ser tratado más despacio, o para no darle importancia a lo que, por rápido, se te escapa. También hay lecturas que parecen especialmente indicadas; y otras que, como la poesía demasiado leve y punzante -la de Emily Dickinson, por ejemplo- hay que evitar, porque sus insinuaciones, a poco que uno se descuide, terminan multiplicándose y amplificándose en los duermevelas del enfermo, y convirtiéndose en pesadillas.

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Ah, el don de las sopas blancas. No es posible hacer un caldo de puchero sin ponerle un poco de amor.

1 comentario:

Mery dijo...

Es que en esos momentos de enfermedad febril uno parece volver a la infancia, al amparo de otros, bajo las manos maternales que te velan. Entonces el mundo cobra otro ritmo alrededor.
Esta entrada me resulta muy evocadora...
Un abrazo