domingo, febrero 08, 2009

CARCOMA

En medio del nublado, una grieta de sol, por la que la luz del atardecer irrumpe en el paisaje y se posa justo sobre el valle y castillo de Tavizna, que desde la carretera se ven teñidos de rojo, en contraste con los tonos grisáceos del entorno. Un poco frívolamente, pienso en Infierno de cobardes, la película de Clint Eastwood en la que el personaje interpretado por éste hace pintar todo un pueblo de rojo, para desconcertar a unos bandidos que piensan atacarlo. Un poco más adelante, el efecto ya ha desaparecido, y M.A. comenta que, a esa hora de la tarde, el mundo es blanco y negro. Cierto. Pero recuerdo entonces que, a primera mañana, justo antes del amanecer, es azul.

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Este cuadro ha hecho un doble viaje de ida y vuelta. La carcoma atacó uno de los listones de pino con los que lo había enmarcado su autor. Descubrí la injuria ya en casa, semanas después, cuando me disponía a colgarlo: se ve que el bichito había incubado en la bolsa de plástico en la que la pintura había estado envuelta todo ese tiempo. La he vuelto a recoger, ya convenientemente reparada. No sin el resquemor, en fin, de que a los cuadros pueda pasarles lo que a esos vinos que, de mucho trasegarlos y moverlos, se alteran irremediablemente.

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Menciona el chileno Carlos Morla Lynch a Agustín de Foxá en su diario dedicado a Lorca. Y me llama la atención el hecho porque, desde que empecé la lectura de este libro, no hago otra cosa que pensar en las muchas coincidencias que presenta con Madrid, de corte a checa, la novela de Foxá; y no sólo porque ambas obras cubren el mismo intervalo temporal -final de la monarquía, Segunda República, primeros meses de la Guerra Civil-, sino porque ambas coinciden en destacar los mismos hechos y en citar casi los mismos personajes. Y porque, pese a que la ecuanimidad de Morla Lynch es lo más opuesto que pueda haber a la ferocidad militante de Foxá, ambos coinciden en su modo de enjuiciar no pocos de esos hechos y personajes. Las páginas, por ejemplo, que el chileno dedica a la primera recepción del gobierno republicano al cuerpo diplomático, que tuvo lugar en el Palacio de Oriente, y en la que se usó la cubertería real, que aún lucía las iniciales de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, coinciden casi punto por punto, pese a la mínima acritud que pone en ellas su autor, con la despiadada caricatura que de ese acontecimiento hizo Foxá...

No sé qué conclusión sacar de estas coincidencias. Qué ciertas debilidades del nuevo régimen fueran visibles tanto a quienes le daban su renuente voto de confianza, como fue el caso del diplomático chileno, como a quienes lo odiaron desde el primer momento, invita a suponer que había cierto campo de acción para el pensamiento crítico independiente; y, por tanto, para el intercambio civilizado de pareceres. Lo horrible del caso es que quienes participaban en aquellas
soirées mundanas en las que se hablaba de todo no tardaron en alinearse, llegado el momento, con alguno de los dos bandos enfrentados en el campo de batalla. No es muy probable que en 1932, cuando tiene lugar el mencionado encuentro entre el amigo de Lorca y el autor de Madrid, de corte a checa, alguno de los dos pudiera imaginar lo que estaba por venir. Y, sin embargo, flotaba en el ambiente.

1 comentario:

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Ese campo de acción para el pensamiento crítico independiente vendría a ser la "tercera España" de la que hablan algunos, la de aquellos que no se sienten representados en las dos tópicas habituales. De ser cierta la existencia de la tercera España, yo me apuntaba a ella, aunque lo mejor seía que no existieran las dos primeras, por los peligros que conllevan.