viernes, febrero 27, 2009

EL ARCA DE LAS PALABRAS

Leo el prólogo-epílogo con el que Trapiello remata El arca de las palabras, y comprendo el legítimo orgullo con el que afirma que éste era un libro para el que había venido preparándose toda su vida. Preparándose, se entiende, en el sentido en el que uno se entrena para un combate decisivo: en este caso, nada menos que con el diccionario, que es la cantera y la caja de herramientas con la que trabaja todo escritor, pero en la que la mayoría mete la mano a ciegas para tomar la que le permita salir del paso, como el escayolista (uno fue aprendiz de ese oficio) que, pudiendo afinar una moldura con una espátula de cantear, lo hiciera con la punta de un destornillador, por no pararse a buscar la herramienta idónea.

Trapiello pone aquí de manifiesto la insuficiencia de esa manera de tratar las palabras; porque las palabras no son meras portadoras arbitrarias de significados, como querían los lingüistas de la escuela de Saussure, sino que también acarrean consigo la mirada de quien primero nombró con ellas una realidad recién descubierta, y entendida desde el poder asimilador de la metáfora, que hace a un mismo tiempo familiar y nuevo lo hasta entonces desconocido. Para recorrer el camino de vuelta a ese valor originario de la palabra no hace falta ser un erudito (aunque tampoco está de más un cierto conocimiento de lo que se tiene entre manos), sino, simplemente, disponer de un oído atento y una memoria bien entrenada; porque a veces, para reencontrarse con ese sentido novedoso, poético, de la palabra, no hace falta retroceder hasta los orígenes históricos del idioma, sino que basta con retrotrerse a la infancia, al momento en que esa palabra fue oída por vez primera. De ahí que en este libro ocupen tanto espacio los recuerdos de la infancia leonesa del escritor, en la que sucede una buena parte de esos primeros y decisivos encuentros.

Otros suceden en la literatura, en las páginas de un cierto número de escritores con los que el lector de Trapiello está ya familiarizado: Cervantes y Galdós, en primer lugar; y luego fray Luis de León, Juan Ramón, Gaya, Sánchez Ferlosio, Emily Dickinson, Solana, un Baroja visto ya con alguna reticencia, Unamuno, Azorín... También hay palabras que, por contraste, se sitúan en la tradición contraria, o en la antitradición, en el campo de la artificialidad y la retórica, donde también son notorios los señalamientos de Trapiello: Valle-Inclán, el barroquismo hispano, la llamada "vanguardia"... Es decir, también en el seno del diccionario tiene lugar ese eterno combate entre las que se alinean con el retórico corcel y las que hacen causa común con el noble y desembarazado caballo.

Pero tampoco tendrían mucho sentido esas palabras si no nombraran las cosas importantes de la vida de quien las usa. Y por eso comparecen aquí también muchos escenarios y circunstancias que el lector de los diarios de Trapiello conoce bien, y que son los de la vida del escritor: el Rastro, las Viñas, su familia, su oficio de tipógrafo, su gabinete de trabajo, sus talismanes... Sólo que, si en los diarios cada uno de estos elementos da lugar a una línea argumental propia, aquí, por la naturaleza misma del cauce elegido, su pertinencia ha de establecerse desde la brevedad. Por lo que este libro es también, entre otras cosas, un cumplido muestrario del uso y manejo de los formatos literarios breves: el aforismo, la glosa, la greguería, la cita, la anécdota, el apunte lírico en prosa. Los géneros sin género, podría decirse; los más parecidos a los modos de operar de la conversación cotidiana, que es donde las palabras se aquilatan y se afilan.

Se me ocurre que, ahora que están tan en boga los "talleres de escritura creativa", quizá en todos ellos habría que obligar a los alumnos a hojear un diccionario y a meditar sobre la pertinencia que puedan tener para ello determinadas palabras, y no otras; es decir, que cada cual debería de elegir -y escribir, si puede- su propio diccionario. No hay escritor que, implícita o explícitamente, no lo haya hecho. Y en esto reside la grandeza de este libro de Trapiello: en haber llamado la atención sobre una verdad que, por obvia, resultaba invisible a casi todos.


(La librería Renacimiento se ha hecho con los restos de edición de este libro, ya definitivamente descatalogado.)

5 comentarios:

Manuel G. dijo...

Una de las claves es para mi el trabajo. Si unimos a la vida en esos barrios apocalípticos, la falta de trabajo endémica...¿cómo va un chaval de estos a pensar en hacer algo provechoso con su vida?.
Para empezar son largos años de ocio. En el norte de Europa, los jóvenes, estudien o no, pueden integrarse rapidamente en la sociedad trabajando. En Andalucía, ser joven es no ser nada. Les esperan normalmente muchos años de ocio destrozapersonas.

Manuel g. dijo...

Perdón, se me coló el comentario aquí por error.

Mery dijo...

¿Han descatalogado este libro?
¿Por qué la repetitiva paradoja de descatalogar lo esencialmente bueno y editar lo efímero y mediocre?
La respuesta es demasiado evidente.

Un abrazo

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Está descatalogado, sí; pero, como digo, puede pedirse a la librería Renacimiento, que tiene los fondos. Y creo que más barato que en librería "de nuevo".

Mery dijo...

Gracias, habrá que tenerlo en cuenta.