viernes, febrero 13, 2009

EL TORNADO

El tiempo se puso feo y saltó la alarma: había riesgo de que se produjera un tornado en nuestras costas, como el que había tenido lugar días atrás en Málaga, que había arrancado tejados de edificios y provocado importantes trastornos. Se tomaron, por tanto, las medidas pertinentes. Se evacuaron colegios y centros de trabajo. Se cruzaron mensajes entre angustiados y noveleros entre quienes emprendían el camino de vuelta y quienes les esperaban en sus casas. Y no había pasado ni media hora desde el inicio de este zafarrancho desacostumbrado, cuando el sol asomó entre las nubes y alumbró a los grupos de ciudadanos que, lejos de sentir miedo y encerrarse, se habían congregado en las playas para ver el prodigio. Y ahora sí, ahora la gente definitivamente volvía a sus casas, decepcionada, con la sensación de que este gobierno, o este ayuntamiento, o Dios sabe qué eslabón de la cadena administrativa, nunca da lo que promete.

Mejor así, claro. Y quizá no habría que hablar más del asunto, si no fuera porque los articulistas estamos para esto: para desgranar las emociones colectivas e intentar extraer de ellas alguna enseñanza sobre el estado de ánimo que nos gobierna y el poso que los acontecimientos dejan, no en el alma de la colectividad, que no la tiene, sino en esa parte del alma de cada uno que vibra gustosa al son de lo que nos pasa a todos. Y no hay más remedio que concluir, en fin, que nos pudo la novelería. Y que quizá las autoridades competentes actuaron en esto como los médicos desbordados que, antes que arriesgarse a cometer un error, decretan la hospitalización del que acude a ellos con un simple resfriado. Eso se hizo: la fuerte tormenta de viento y lluvia hizo pensar en el riesgo de un tornado. Pero los tornados, dicen los expertos, son impredecibles, por lo que tanto da anunciar que puede producirse uno como proclamar a los cuatro vientos que mañana llegará el Juicio Final.

Sin embargo, una cosa sí quedó clara: empezamos a tomarnos en serio el clima. Hemos superado ya esa fase de la urbanización desmedida en la que las poblaciones creen que el asfalto, el hormigón y la electricidad las han puesto definitivamente al margen de las vicisitudes del tiempo. Lloviera o tronase, pensábamos, o soplaran los vientos del Apocalipsis, uno no tenía más que cerrar las ventanas y encender la calefacción, mientras los elementos rugían. Pero eso era antes. Quiero decir, antes del pavoroso tsunami del sureste asiático, del huracán Katrina, de los documentales catastrofistas de Al Gore. Se empieza a experimentar algo así como una conversión general al culto milenarista del cambio climático. No es para menos. Y en Cádiz vivimos el otro día los primeros síntomas de una de esas grandes convulsiones colectivas: el asombro general, primero, seguido del inmediato descreimiento y, luego, del humor.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

No hay comentarios: