miércoles, febrero 25, 2009

GALLO

No sé muy bien a qué ha obedecido este impulso de pasar varios días solo en la casa de la sierra. No cabe alegar el trabajo como excusa: no sólo porque aquí no disponga de ordenador, sino porque ahora mismo, recién ubicados los libros que tenía rezagados, no me hallo en disposición de empezar otro nuevo, aunque no me falten ideas al respecto (por ejemplo, las dos novelas, o la novela doble, ya veremos, que han de complementar la que sale ahora). Tampoco me vale el manido pretexto de "cargar pilas" -expresión chocante donde las haya, y acaso más cursi todavía que decir "inspirarse"-, ni el de poner al día mis lecturas: me he limitado a terminar los dos libros extensos en los que llevaba enfrascado varias semanas -el de Morla Lynch y El arca de las palabras-, y a seguir paladeando, a ratos, a Emily Dickinson-. Con lo que me he colocado, voluntariamente, en la rara situación de quien dispone por unos días de todo el tiempo del mundo y no tiene nada concreto en lo que emplearlo. Paseo, cumplo con escrupulosidad las mínimas tareas domésticas que requiere el buen orden de la casa vacía, salgo del paso en lo que respecta a las comidas (porque comer, en fin, es de la clase de cosas que, hechas en soledad, rechazan por absurdas o improcedentes todos los pequeños rituales y refinamientos que requieren cuando se llevan a cabo en compañía), charlo con los desocupados del pueblo, me inmiscuyo silenciosamente en las rutinas del lugar cuando éste deja de servir de decorado a las expansiones bucólico-festivas de los turistas. Y compruebo, sin gran sorpresa, cómo esta vida un tanta fantasmal comporta también un cierto grado de ansiedad y no pocos temores, que me complazco en ir echando a un lado conforme se van manifestando, pero que, por el mero hecho de manifestarse, dicen mucho de mí.

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Me siento a leer al sol en el mirador, donde los viejos, y termino pegando la hebra con ellos. Cuenta uno que tiene ya lista la tierra para sembrar las patatas, y el otro le advierte que no se precipite,
porque la papa, si barrunta (fríos, se entiende), no sale. Y siento una inesperada simpatía hacia este, pese a las apariencias, delicado vegetal que, como todos estos viejos congregados bajo el sol de febrero, teme no resistir la próxima helada.

Uno también barrunta fríos por venir, y aprovecha esta primavera sobrevenida para empaparse de sol y para cauterizarse la garganta lastimada. Aunque no quiero disimular del todo mi tos persistente, que es como mi salvoconducto para estar aquí, y con esta compañía.

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En la tarde del martes, lección práctica de agricultura. L., un vecino de J.A.M., ha venido a la huerta de éste a injertar unas ramas de peral en unos improductivos troncos de almendros amargos. Contenemos la respiración al verlo hacer sus incisiones, mantenerlas abiertas con pequeñas y afiladas varillas de madera de espino (que es la madera, recuerdo ahora, de la que están fabricados los instrumentos de los hechiceros) y fijar los brotes de peral, que luego ata con un trozo de cuerda y cubre con una especie de cera protectora. Para agasajar al vecino servicial, J.A.M. ha bajado a la huerta una botella de Cardenal Mendoza, que en pocos minutos crea entre los congregados un inesperado clima de camaradería. Sabiéndose entre pintores y un escritor, L. se declara a su vez entendido en flamenco, y da cuenta de sus andanzas en calidad de miembro de diversos jurados de concursos de cante. En uno de ellos, cuenta, coincidió con el escritor gaditano F.Q., de quien J.A.M. rápidamente comenta que fue amigo de quien esto escribe. "Entonces -dice L.- no te extrañará lo que te voy a contar". Y me dice que, participando ambos, el gaditano y él, en el jurado de cierto certamen flamenco en un pueblo de la sierra, el escritor se quejó del frío y exigió que le trajeran una manta. Y alguien, no se sabe si por servicialidad o por gastarle una broma chusca al quejica, se presentó en el local con una manta de caballo, maloliente y llena de agujeros. El escritor la dobló en dos y se envolvió en ella. Y al rato dijo a la expectante concurrencia: "Apesta a caballo, pero qué a gustito se está".

Certifico la verosimilitud del cuento, mientras comprobamos que la oscuridad hace ya irreconocibles las formas de la huerta. L. se despide, haciendo profesiones de amistad eterna y reiterando lo "encantado" que está de conocernos, a mí y al otro invitado de J.A.M. Y entonces caigo en la cuenta de que no me ha reconocido; de que no recuerda que fui yo quien, en verano, le dio las quejas por cierto gallo ronco y despistado que se pasaba la noche cacareando sin ton ni son. Su respuesta entonces fue un tanto desabrida: "Bueno, pues habrá que echarlo a la olla". Al gallo no se le volvió a escuchar, lo que hizo que durante semanas anduviera yo con la mala conciencia de haber provocado su ruina... Antes de que L. se vaya, le refresco la memoria. Me tranquiliza: se limitó a llevárselo a otro gallinero, donde no molestara.

3 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Es un texto megnífico, lo he leído con emoción. Me identifico con muchas cosas, yo también soy un apasionado de la sierra, de las pequeñas historias de las gentes sencillas. Muy buena la anécdota de F.Q. ¡Cómo disfruté una premiada novela suya! ¿No será el cuadro de J.A.M.? Es muy bueno. Un saludo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me alegra mucho que compartas estas historias. En cuanto a J.A.M., puedes leer una semblanza mía sobre él y ver una galería de cuadros suyos aquí. Creo que las reproducciones no le hacen justicia a su colorido ni a su luz, pero puedes hacerte una idea.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Se me olvidaba: la ilustración es un cuadro de Chagall.