miércoles, febrero 18, 2009

HONDO

También en esta desengañada labor de bibliotecario que ejerzo a ratos, por infundir un poco de variedad a mis rutinas laborales, hay momentos de desánimo contra los que de nada valen las prevenciones asumidas de antemano: por ejemplo, cuando les pongo tejuelo y número de registro a uno de esos libros que sé que nadie va a leer jamás; y al que, sin embargo, no puedo negarle su lugar en el orden cerrado de la biblioteca; porque una biblioteca sin ciertos libros sería como ciertos bosques sin la presencia de determinadas criaturas al borde de la extinción.

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A Hondo, el melancólico western de John Farrow en el que echó una mano John Ford, apenas se le nota que fue rodado con esa técnica fotográfica que buscaba la ilusión del relieve, y cuyo logro más característico era que ciertos objetos lanzados contra la pantalla hacían el efecto de traspasar la misma e ir a estrellarse contra el espectador. Como si uno fuera al cine, en fin, para que le lanzaran puñales o puñetazos a la cara. La película, que es también una de las mejores de las que protagonizó John Wayne, sigue siendo hermosa incluso una vez pasado el momento de ese inútil alarde técnico. Lo que dice algo, pienso, a favor de lo verdaderamente permanente en cualquier arte, y sobre lo accesorio y pasajero de ciertas innovaciones formales. Lo que vale tanto para el cine, digo yo, como para la poesía o la pintura.

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Que algunos niños se parezcan tanto a sus mayores, o reflejen con tanta exactitud el medio del que proceden, es quizá el más concluyente alegato que la realidad pueda hacer a favor del determinismo, biológico y social. Suerte que también ocurre lo contrario, para desmentir esa desesperanzada teoría.

1 comentario:

Octavio dijo...

Aceptar el determinismo del medio es también una forma de aceptar el fracaso de la sociedad, o del Gobierno. Si el Estado no tiene formas para amparar a aquellos que viven en un medio hostil, pasa lo que pasa. Léase Marta del CAstillo, sin ir más lejos.