lunes, febrero 02, 2009

IZQUIERDA

Visto desde el tren, este poblachón manchego, a medio camino entre Madrid y Cádiz, da pánico. No imagina uno peor suerte que ser abandonado aquí. Pero no descarto que esta impresión sea un espejismo, y que el pueblo pueda encerrar insospechados atractivos. De ser así, deberían demandar a la RENFE.

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Distinto sería que te obligaran a bajar en medio de este páramo melancólico, tal hora como ésta, y te dejaran como únicos recursos un yelmo abollado, una adarga, un rocín viejo y flaco. Y un simpático escudero.

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Oído ayer por la mañana en una panadería madrileña:

-De esta nevada nos cargamos a la ministra.
-No caerá esa breva.

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Pero aquella nevada, dicho sea con todos los respetos hacia quienes desean desbancar a algún miembro del gabinete, no traía consigo ningún programa político. Vista desde la calle Martín de los Heros, ponía un noble telón de distancia y fantasía entre el balcón del sañudo edificio en el que habíamos dormido y las desabridas rectas de la mole que alberga el complejo de Princesa. Unos pasos más allá, en el parque de la Bombilla, convertía el muy burgués paseo de Pintor Rosales en una perspectiva de San Petersburgo; de un San Petersburgo, en fin, que incluyese entre sus edificios la anomalía de un templo egipcio dedicado al dios Debod, que jamás vio la nieve ni se vio en otra igual.

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También un tanto incongruentemente, encontramos abierta en domingo la pequeñísima y, sin embargo, magníficamente surtida librería El Aleph, que también vende prensa. Yo compro el ABC, para espanto de un lector de El País que parece dispuesto a ir corriendo a dar cuentas a la cercana sede socialista de Ferraz. Casi me entran ganas de decirle que mi elección se debe a que el periódico monárquico regala películas los domingos, y que yo soy más bien republicano (aunque más partidario, en fin, de la
république que de otra cosa). M.A., ajena como siempre a mis desubicaciones políticas, compra un ejemplar de Kokoro, la novela de Soseki, homónima del simpático tratado sobre tradiciones y costumbres japonesas que escribió Lafcadio Hearn.

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Yo en este viaje no he comprado libros, lo que no es óbice para que uno muy voluminoso añada unos cuantos gramos a mi maleta: El arca de las palabras, que me ha regalado su autor, con una recomendación expresa de que lo lea de cabo a rabo, y no saltando de aquí y allá, como podría sugerir su estructura de diccionario. Le hago caso, y en el tren devoro las primeras ochenta páginas. Y encuentro entradas impagables; como, por ejemplo, la que le sugiere al autor la palabra izquierda, que no copio aquí porque no está bien llenar los cuadernos de uno con los frutos del sudor ajeno. Baste señalar que el apunte alude a un mismo tiempo a la cargazón dogmática y sectaria ya inextricablemente unida a esa palabra y al hecho de que, después de todo, en ciertas voces y efigies sigue evocando un noble sueño.

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Previamente, el gato de ese autor había salido a recibirnos al portón de su casa: nos miró, nos rodeó y, finalmente, desapareció, dejando en la casa llena de libros y cuadros algo así como el fantasma de una presencia sinuosa, que no volvió a materializarse hasta que vimos, bajo una silla, junto a un mueble con libros, unos cuencos de comida y agua, como los de K., a la que de pronto echamos mucho de menos.

1 comentario:

Mery dijo...

De qué sinuosa manera nos has paseado por Madrid, como el gato del escritor que mencionas. Estampas de gentes y lugares en torno al manto de nieve.
La ída y vuelta en tren ha sido de lo mas provechosa, por lo que se ve.