domingo, febrero 15, 2009

BILLY BONES

No se me va de la cabeza esta escena que presencié el viernes, en el tren de Cádiz a Sevilla. En Lebrija sube una mujer con aspecto desastrado y expresiones y movimientos de persona -digámoslo así, a falta de la bendita precisión cervantina- privada de sus facultades. No debe de tener más de treinta o treinta y cinco años, aunque es difícil asegurarlo. El revisor, que se ve que la conoce, la acoge con ironía benevolente: "¿Otra vez aquí? ¿A que tampoco hoy has comprado el billete?". La aludida, cuyo destino es Dos Hermanas, dice que no tiene dinero y que está mala del pecho. "Anda, anda, siéntate por ahí y no te muevas mucho". La mujer recorre el vagón, dejando a su paso un inconfundible tufo a miseria. Se sienta al final. Al rato la oímos vomitar. Levanto la cabeza, por si veo al revisor. Pero reconozco que no me atrevo a hacer lo debido en estos casos, que hubiera sido levantarse e interesarse por la suerte de la enferma. Al rato, la mujer se levanta, con el mismo aire desorientado de antes, y se detiene junto a la puerta del vagón. Y cuando el tren para en Dos Hermanas, grita desgarradamente: "¡Que alguien me ayude!! ¡Que no sé bajar!". Nadie se mueve en el vagón, y la mujer repite su grito hasta que una muchacha se le acerca, la toma del brazo y la ayuda a descender los dos escalones.

El silencio que se había hecho se diluye poco a poco. Es como si nos costara sacudirnos la vergüenza. Oigo aquí y allá diversas excusas, la mayoría de ellas referentes al desaseo de la mujer y a la posible comedia que, seguramente, representa con frecuencia en ese mismo trayecto. Pero noto que estas cosas son dichas sin convicción, y que lo que predomina es el peso de haber protagonizado, entre todos, una mezquina denegación de auxilio a un necesitado. C., que viaja conmigo, también calla, quizá porque ya sabe que, a su edad, no basta con dejar que sean los adultos quienes tomen la iniciativa. Y por eso mismo sé que tampoco va a reprocharme nunca, por la cuenta que le trae, esta indecisión culpable.

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Esta faringitis mía empieza a parecerse al mal que se llevó a la tumba a Billy Bones en
La isla del tesoro: también a mí me dan fuertes ataques de tos cuando me echo al coleto un vaso de ron.

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Valkiria: el espejismo de que la Historia podría haber sido de otro modo -en este caso, la posibilidad de que alguno de los atentados contra Hitler hubiese tenido éxito-. Pero la película olvida un dato: para que la Segunda Guerra Mundial hubiese concluido en 1944, cuando ya se veía claro cuál iba a ser su desenlace, no habría bastado con la desaparición de Hitler: también habría que haber quitado de en medio a Stalin. Porque, si una cosa estaba clara en 1944, era que éste, una vez invertidas las tornas en el frente ruso, no se iba a conformar con menos que llegar a Berlín.

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Lo que nos distrae tanto de las ciudades grandes en las que estamos de paso es esa cantidad de caras de gente que no hemos visto nunca. No se cansa uno de mirarlas. Y de especular con la idea de qué sería la vida de uno si le fuera dado cambiarse por cualquiera de esas caras.

5 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

Vaya, seguramente yo hubiera hecho lo mismo que tú en el caso del tren... y luego me hubiera puesto a despotricar contra esta cochina sociedad que nos deshumaniza. Así es, la verdad.

Y muy de acuerdo contigo respecto a Valkiria y que la guerra seguramente no había forma de pararla con la muerte de Hitler. Pero no sólo por Stalin, también para los demás aliados no había más solución que llegar a Berlín. Y no creo que hubieran aceptado una rendición alemana. La solución era, en realidad, arrasar Berlín y el nazismo desde los cimientos. Seguramente, fijate, la muerte de Hitler en 1944 lo que hubiera hecho es prolongar la guerra todavía más. Pero todo esto son ucronías.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Esas circunstancias o parecidas, y no en un tren, sino en un parque público y la petición de auxilio de un pobre toxicómano - pobre en todas las acepciones del vocablo - que no conseguía, después de haberse caído de un banco, incorporarse, refugiarse otra vez en la plancha de hierro labrada con arabescos que nunca miramos. El pobre, el paria, terminó mirándonos a todos. Éramos mucho más de los que se precisaban. Y el tiempo pasó con menor rapidez de lo que todos hubiésemos deseado. Éramos padres, ya ves tú, ejerciendo de padres con niños fatigando columpios. Anestesiados contra el dolor ajeno, íntimamente convencidos de que nada que podamos hacer va a hacer algo de verdad y que, una hora después, cien metros más allá, va a caerse de nuevo y no vamos a ser el ángel tutelar de nadie. Duele, no obstante. Lo he recordado con nitidez al leer tu historia.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias. Emilio, por este relato tan concordante con el mío.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias. Emilio, por este relato tan concordante con el mío.

Mery dijo...

Es que la mente es muy puñetera y, sobre todo, juez durísimo con uno mismo. Primero no te deja ir en su auxilio, para luego machacarte por la dejadez imperdonable.
En cuanto a Hitler, qué hubiera ocurrido si, y si, y si, etc. Puestos a desandar la Historia, ¿ y si a Hitler le hubieran admitido en la Escuela de Bellas Artes cuando era jóven? Qué diferente destino habrían corrido, quizás, tantas vidas.

En fin, un placer entrar en tantas reflexiones por estos lares.