lunes, febrero 23, 2009

PALOS

Como estoy pasando unos días en la sierra y no dispongo de ordenador, estoy corrigiendo las pruebas de mi novela en casa de mi amigo J.A.M., el pintor. Inevitablemente, me pregunta qué me traigo entre manos, y por qué se me ve tan apurado. Le enseño el original revisado por el corrector (con ejemplar minuciosidad, todo hay que decirlo): "¿Ves? Donde uno pone comillas altas, el corrector sugiere ponerlas bajas, y así...". J.A.M. asiente, comprensivo. "¿Cuál es el problema entonces?". Y le enseño un párrafo donde el corrector, al parecer disconforme con el fraseo breve de algún pasaje mío, ha metido un "pero" entre dos frases que, en su opinión, son claramente adversativas... (tan claramente, en fin, que por eso no he creído necesario poner el "pero"). J.A.M. se queda pensativo: "A ver si me aclaro... Es como si un galerista me dijera que debo enmarcar mis cuadros de tal manera... Hasta ahí, conformes. Pero que, al verme sumiso ante esas primeras sugerencias, añadiera luego que por qué no cambio ese verde por un azul, o por qué no aclaro esas sombras del fondo...". "Exactamente", le digo. Y los dos celebramos, no sin cierta perplejidad, esta rara confluencia de pareceres entre pintor y escritor.

***

Termino mi espaciada lectura de En España con Federico García Lorca, el espléndido tomo de diarios del chileno Carlos Morla Lynch que editó Renacimiento hace unos meses. Como siempre, he dejado el "estudio introductorio" para el final: prefiero abordar esta clase de añadidos cuando estoy en condiciones de calibrar su pertinencia (es decir, una vez me he familiarizado con el texto en cuestión), y no antes. Y no me sorprende, en fin, confirmar que a este ecuánime chileno, que enjuició los acontecimientos de la Segunda República y el temple de algunos de los intelectuales de entonces con una objetividad ejemplar, le llovieran luego palos de todas partes, y lo mismo lo acusaran de "rojo" que de "fascista", según de dónde vinieran esos palos... Y es que a veces los insultos redoblados son la mejor y única piedra de toque posible respecto a la autenticidad de ciertos testimonios.

Y otra prueba, en fin, de la indudable sensación de solvencia que transmite este aplicado diarista es que, al terminar su libro, siento verdaderas ganas de releer (o de leer por vez primera, en algunos casos) algunas obras teatrales de Lorca: en especial, Así que pasen cinco años y Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. Anoto aquí ese propósito, para llevarlo a cabo en cuanto me sea posible.

6 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Hay confluencia de pareceres, José Manuel, pero al pintor no le cambian los colores. Yo he sufrido también alguna vez esas injerencias correctoras. En mi caso son libros de texto, pero fastidia igual.

Es bueno no llevar ordenador a la sierra, te admiro. Yo he caído: últimamente me lo llevo siempre e incluso me he comprado un pinganillo para conectarme a Internet, y es que los plazos aprietan.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo también estoy a punto de caer, amigo José Miguel, porque esta vez, de no haber contado con la casa de este amigo, lo mismo tengo que renunciar al puente vacacional y quedarme en casa, terminando las tareas pendientes.

Mery dijo...

Aquí una tercera caída en tentación: ahora me llevo el ordenador a donde vaya, si supone mas de dos dias fuera de casa.

Tengo yo también la manía de leer los prólogos cuando ya estoy muy metida en los terrenos dela lectura, por no decir una vez finalizada. Siempre les saco mas partido.

Comprendo muy bien el fastidio que causan las licencias del corrector. ¿Y si contra-corriges su correcciones, en una rueda que le resulte agotadora? Qué osadía la suya, pardiez.
Un abrazo

Un abrazo

Emilio Suances de Gamboa dijo...

Es evidente que la pintura moderna no tiene que ceñirse a ninguna disciplina, por desgracia. La escritura si debe hacerlo y muchas veces (no se si en esta ocasión es así) el corrector tiene razón aunque siempre el escritor tiene derecho a escribir mal si le apetece.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

La labor del corrector es fundamental, siquiera sea por su contribución a contrarrestar esa ceguera que hace que incluso el autor más cuidadoso deje de ver sus propias erratas o errores cuando ha revisado muchas veces un texto. Luego hay un sinfín de aspectos formales (comillas, modo de disponer los diálogos, etc.) en los que el corrector debe hacer saber al autor los criterios de la editorial al respecto, y éste habrá de ver si los acepta o si, por el contrario, éstos pueden desfigurar el efecto pretendido en su obra. Y hay, por último, algunos legítimos rasgos de estilo que, si provocan extrañeza o incomprensión en el corrector, deben serle consultados al autor; pero ahí ha de prevalecer siempre el criterio de este último.

Dije dijo...

Ponerle peros a un autor, aún, pero insertárselos, jamás.