lunes, febrero 16, 2009

RETAMAS

A las retamas, cuando no están demasiado concentradas, les pasa lo que al majoleto o espino albar: su olor se intuye, más que se siente. Y cuando aciertas a percibirlo con claridad, se tiene la sensación más bien perturbadora de haberle arrancado un secreto a quien no deseaba revelarlo.

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Lo más llamativo de las páginas que Morla Lynch dedica a los aciagos meses finales de 1934 es cómo en ellas se alternan las frivolidades mundanas (excursiones, comilonas, soirées literarias, etc.) con las noticias de la espeluznante violencia política. Lo que quizá se explica porque también la violencia, en determinados ámbitos (y, sobre todo, en los ambientes intelectuales que frecuentaba este diplomático chileno) gozaba de una cierta consideración de frivolidad mundana, de buen tono. Sólo así se explica los afanes de tanto señorito por declararse partidario de un extremo u otro. Más o menos, lo que hacen ahora muchos vástagos de la clase media con respecto a ciertos movimientos protestatarios. Más grave es la actitud, con todo, de algunos políticos profesionales. Morla Lynch presta, a estos respectos, más de un testimonio impagable: el que, a diez de septiembre, por ejemplo, Fernando de los Ríos (de quien el chileno hace un sutilísimo retrato) le anunciara "un reventón sangriento para mediados de octubre". Dicho reventón, como se sabe, tuvo lugar en la fecha prevista, y fue un cumplido ensayo de lo que había de ocurrir en el 36.

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Estos días de sol salteado y viento desapacible, en los que todo el mundo parece enfermo del pulmón.

2 comentarios:

Ángel Ruiz dijo...

Sí, es muy fina la descripción de Fernando de los Ríos. Y qué libro el de Morla.

Manuel G. dijo...

No tiene solución. La hipocresía no tiene límite.

Los mismos que hace unos meses callaban la crisis, sumados al carro del éxito económico quizás, ahora lo saben todo sobre ella, y brindan en sus cócteles por las medidas tomadas, las nuevas ideas, los comentarios...

Cuando algo salta a primera plana... en la primera plana se aprieta demasiada gente, los mismos de las comidas y los cócteles de siempre, que nunca dijeron antes nada.