lunes, marzo 02, 2009

EL FARDO

La última mañana de mi estancia en la sierra -lo anoto ahora, antes de que se me olvide-, el pintor J. y yo hacemos una excursión a un cercano puerto de montaña. A este J., que es fumador empedernido, se le acaba pronto el resuello, y resulta penoso oírlo jadear durante buena parte de la ascensión, que no es difícil -una cuesta escalonada-, pero sí un tanto prolongada. Alcanzamos el puerto y nos sentamos cara al sol al pie del murete de piedra que delimita un antiguo horno de cal. Se ve el pueblo, casi al ras de nuestra mirada -el camino, antes de subir, descendía un buen trecho-, y también vemos unos buitres volando a la altura de nuestras cabezas. También nuestra conversación es sinuosa y oscilante, como el vuelo de esos buitres, y gira en torno a algunas cuestiones que J. y yo ya hemos discutido muchas veces, pero que, sin proponérnoslo, afloran siempre que estamos juntos.

Esta vez, el punto de partida es la obra de J.A.M., pintor como J., aunque de muy distinto estilo, y con quien pasamos el día ayer. Estamos los dos de acuerdo en que es un pintor dueño de una técnica excepcional. Y también coincidimos en que el mero dominio técnico, si no está puesto al servicio de algo más, no sirve de mucho. Yo creo que este J.A.M. alcanza muchas veces ese algo más, aunque con frecuencia sus logros aparezcan envueltos en el ropaje paisajístico y costumbrista que presentan la mayoría de sus cuadros: quiero decir que, para el espectador poco avezado o mal predispuesto, esos cuadros pueden parecer... anticuados y provincianos. Lo que yo aprecio en ellos -y así se lo digo a J.- es que, aún dentro de ese ropaje, en todos los cuadros de este pintor hay una zona o un punto en el que la mirada se abisma para... dejarse llevar a una especie de fuga imaginativa, en un efecto que no dudaríamos en llamar "abstracción" (más en el sentido de arrebato que en el habitual de renuncia a la figuración), si no fuera porque esa palabra está ya bastante desacreditada y lo mismo vale para un roto que para un descosido. A veces eses efecto de arrebato deriva de la manera de tratar un efecto de luces, o en el ahondamiento de unas sombras en determinada gama de color -los verdes de una huerta, por ejemplo-. El caso es que en estos cuadros hay espacio para intuir esa otra realidad que, sin posponer ni ocultar la inmediata, es el verdadero objeto de todo arte.

Naturalmente, hablamos de estas cosas en términos mucho más sencillos. J. también es un pintor básicamente figurativo, pero mucho más radical en esa búsqueda de las puertas por las que la realidad se abstrae de sí misma y arrastra consigo la imaginación del que la contempla. Por eso mismo, por ese radicalismo, que tan bien se ajusta a su carácter, sus cuadros son más ásperos y desabridos, lo que no quiere decir que no posean una belleza que les es propia. J. ve con cierto escepticismo la pulcritud académica de J.A.M., y lo cree demasiado rendido a su entorno pueblerino, a sus pequeños compromisos y al estilo que ya tiene más o menos domeñado. Pequeños celos entre pintores, tal vez. Con lo que llegamos a lo que quizá sea el denominador común de todas estas conversaciones: la confesión final de que, tanto en su arte (me dice él) como en el mío, el esfuerzo es inútil, las condiciones son hostiles y el "mercado" (sea eso lo que sea) está dominado por los más hábiles y arrojados, que no son necesariamente los mejores. Ya he aprendido a no secundarlo en este punto de conmiseración, que creo improductivo y un tanto absurdo. Llegados aquí, propongo regresar al pueblo. Y el camino de vuelta se nos hace mucho más llevadero, como si hubiésemos dejado un gran fardo allá arriba.

1 comentario:

Mery dijo...

Excelente alegoría de envidiejas ( y otras cuestiones) molestas como un fardo.
Me alegra que el descenso fuera animoso, como si el sendero lo hubiera recorrido los pies ligeros de Aquiles.
Un abrazo