sábado, marzo 07, 2009

EXILIADOS

A algunos puede que les moleste. Pero el hecho es que, si ya a las patrias grandes les cuesta mantener la fidelidad de sus respectivas clientelas, a las chicas no digamos. Para consternación de quienes creen que el mundo termina en los límites de su barrio o en el confín del término municipal, hay quienes alegan motivos de mero bienestar para sentar sus reales en el hasta ayer odiado o despreciado barrio o municipio vecino, sin prejuicio de que sus intereses sigan estando en su lugar de origen: el mundo se ensancha notablemente cuando uno acepta tomar todos los días un autobús Lo mismo puede decirse de esas grandes ocasiones de reafirmación local que son las fiestas: igual que existe un sector de población que se desvive por ellas, hay otro que las detesta de todo corazón; y que, antes de pasarse varios días sin conciliar el sueño, o pisando calles infectas, o viendo como la rutina cotidiana e incluso algunos servicios públicos esenciales quedan irremediablemente alterados, prefiere aprovechar los días de vacación disponibles para, literalmente, poner tierra por medio. Lo que no deja de ser, después de todo, un estimulante indicio de que la sociedad es plural, y que incluso la más sonora y exaltada manifestación festiva, intocable para muchos, puede ser tranquilamente soslayada por una parte de la misma población en la que tiene asiento.

De ahí, en fin, que hace dos viernes fuera casi igual de larga la cola de coches que abandonaba la ciudad (que partía hacia el exilio, diríamos) con motivo de los carnavales, que la que entraba. Se marchaban muchos nativos y arribaban decenas de miles de forasteros. Y está bien que así sea, porque, en este mundo “globalizado” –horrible palabreja–, donde ya no queda ningún acontecimiento estrictamente local, uno acude a donde quiere y celebra lo que quiere, y hace suya la tradición que le apetece.

Lo que no sé es si este libérrimo trasiego que lleva a unos y trae a otros es bien entendido por quienes organizan e interpretan la fiesta y sus repercusiones; es decir, por los celosos agentes de la misma, tanto administrativos como sociales. No sé, por ejemplo, por qué las mismas instancias educativas que con tanto celo andan preconizando, a nivel regional, el alargamiento del curso escolar (a lo que se oponen, con serios argumentos organizativos, los profesionales del ramo) hacen todo lo posible año tras año para que no haya clase en la semana de carnavales, de la que sólo un día es oficialmente festivo… Se diría que hay quienes, ante la posibilidad de que la vida normal puede restarle a la ciudadanía un ápice de su disposición festiva, se adelantan a organizarle el calendario. Ocurre también en otras ciudades andaluzas. ¿Y qué será de aquellos a quienes la fiesta les viene impuesta, como caída del cielo? También en esto hay exilio interior.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

No hay comentarios: