viernes, marzo 06, 2009

MURMANSK

¿Por qué molesta menos el estruendo de una hormigonera, pongo por caso, que la radio del vecino? Porque lo primero pertenece a la esfera de lo ajeno inevitable, como el ruido del viento o el rumor de una multitud en una playa; mientras que lo segundo no puede verse sino como la intromisión de una intimidad en otra. Y eso sí que fastidia.

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Este coleccionista de radicalismos irredentos: hasta ayer, venía al trabajo con una camiseta en la que se veía a Bush con una nariz de payaso (que tenía su gracia, todo hay que decirlo); y hoy, en sintonía con la actual coyuntura política, viste una camiseta del Atlético de Bilbao.

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De todas las películas de guerra podría decirse que las invalida el hecho de que conocemos de antemano su final: la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, la perdió el totalitarismo nazi y la ganaron las democracias liberales en coalición con el totalitarismo estalinista, por lo que cualquier película en la que aparezca algún episodio, real o ficticio, de esa guerra tendría que resentirse de nuestro conocimiento del desenlace. No sucede así, por suerte para nosotros y para el esforzado género bélico, que ha deparado no pocas películas memorables. Sin embargo, viendo ayer los primeros minutos de
Firefox, la rutinaria incursión de Clint Eastwood en el cine de espionaje de la Guerra Fría, me siento tentado a reconsiderar la validez de la tesis inicial; quizá porque, de todas las guerras habidas y por haber, ésta ha sido la única que se ha desarrollado íntegramente en un plano hipotético: las batallas se ganaban sobre la mesa o el papel, a fuerza de órdagos, como en una partida de mus. Y ahora que sabemos que al menos uno de los contendientes en esa guerra tenía los pies de barro (de qué sean los del otro está aún por ver), la posible emoción que subyacía a todos esos órdagos, entonces tan trascendentes, se reduce a poco menos que nada... Qué poco nos importa que Eastwood consiga o no hacerse con ese avión soviético, cuando ya sabemos que, de haber existido, hoy estaría pudriéndose en un hangar semiabandonado en Murmansk, pongo por caso...

3 comentarios:

Eduardo Flores dijo...

Estimado José Manuel,

se me antoja endeble y quizá un pelo superficial la afirmación:

"la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, la perdió el totalitarismo nazi y la ganaron las democracias liberales en coalición con el totalitarismo estalinista, por lo que cualquier película en la que aparezca algún episodio, real o ficticio, de esa guerra tendría que resentirse de nuestro conocimiento del desenlace."

Ya sé, es un detalle insignificante. Pero me llama la atención como, con tu habitual lucidez -por regla general convincente- has sobrevolado el tema bélico de tal manera.

En todos los bandos enfrentados en una contienda se dan la victoria y la derrota, sin que por ello, tengan que ser ganadores o perdedores. Quizá, estemos hablando de una de las temáticas más ricas en filones que nos ha dejado la historia. Aún cuando conocemos su final.

Repito, un detalle insignificante. Pero bueno, hacía tiempo que no te comentaba nada de tu blog y fue lo que más me llamó la atención.

Por cierto, me gustaría comentarte cierto proyecto que me traigo entre manos y en el que un buen consejo podría aportar mucho a una mejor causa.

Un saludo,
Eduardo Flores

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, quizá sea un tanto excesiva mi afirmación. Yo me refería a ese cine bélico pretendidamente semidocumental, del tipo El día más largo, o La batalla de las Ardenas, que suele ser bastante tedioso. Quedan excluidas, por supuesto, esas películas en las que la guerra sirve de marco a asuntos de más enjundia: por ejemplo, De aquí a la eternidad, Patton o El puente sobre el río Kwai...

Octavio dijo...

Lo de la camiseta del atlético de Bilbao, me temo, es por la copa del rey, que ha movilizado a los vascos (y las vascas) mucho más que las elecciones. A Ibarretxe no le valió su cartel electoral (ese como sombreado en verde, en el que, parafraseando a Juan Ramón, podríamos decir que parecía de lejos Obama de cerca...). Un abrazo.