sábado, marzo 14, 2009

VENIDOS A MENOS

¿Y si todo este ánimo de crisis no fuera más que la consecuencia de un invierno largo y sombrío? ¿Y si, ahora que parece que han cesado los temporales y el buen tiempo promete durar, la gente se decide a salir, escamondada y sonriente, como quien estrena ropa nueva, y se anima a comprar una corbata aquí, un helado allá, unas entradas para el cine o para un concierto, o un frasco de colonia a granel, de ésa que se usa cuando, más que dejar tras uno una pegajosa estela de animal en celo, sólo se pretende oler a honradez y a limpieza? Por poco se empieza, y no descarto que a esa primera jornada de optimismo primaveral, serena y ordenada como un día de elecciones, sigan otras en las que esas mismas personas, más confiadas aún, se acerquen a una inmobiliaria, por ejemplo, a preguntar (sólo a preguntar) el precio de ese pisito en el que la vida con sus seres queridos sería un poco más ventilada y luminosa… En tiempos de crisis se tienen fantasías como éstas, dignas de un argumento de Frank Capra. Y, a fuerza de considerar esta clase de fantasías, llega uno a adquirir una cierta familiaridad con el humo del que están hechas, y a constatar la escasa diferencia que existe entre esa materia evanescente y otras cosas que hasta hace poco creíamos absolutamente sólidas y fiables. Fantasía eran, al parecer, los beneficios de los bancos, la cotización de las empresas, los rendimientos inmediatos de cualquier inversión especulativa, por insensata que fuera, la impresión generalizada de prosperidad.

En esto, en fin, hemos actuado como esos niños de la India que, después de haber sido protagonistas de una película premiada en Hollywood, y de haber sido llevados allí, y de haberse codeado con las estrellas más rutilantes de ese otro mundo de fantasía, y dormido en camas perfumadas, han tenido que volver a su suburbio nativo, donde duermen en una covacha maloliente y el padre les propina de vez en cuando una paliza, para rebajarles los sueños de grandeza…

Hace años, también eran frecuentes en España estas historias de niños-prodigio; y alguno todavía anda por ahí, viejo ya, peleado con el mundo, y con los ojos extraviados de quien acaba de despertar de un largo sueño. También París, dicen, se llenó una vez de príncipes rusos que, después de haber perdido cuanto tenían en la Revolución, ejercían de porteros o de vendedores de puros en los cabarés. El Occidente rico es quizá la única civilización del mundo que ha conseguido convencer a todos sus habitantes de su condición de príncipes. Los príncipes, piensa el vulgo, no trabajan ni estudian. Hasta que llega un tiempo malo, una larga sucesión de días nublados (revoluciones, de momento, no se ve venir ninguna) y esos príncipes venidos a menos tienen que ponerse a vivir… de sus buenos modales. Que es algo de lo que tampoco andamos muy sobrados.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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