lunes, abril 06, 2009

LECHUGAS

A José Antonio Martel, hortelano

Hay quien pone una huerta y, literalmente, se aparta del mundanal ruido, para regirse por los ritmos inherentes a la naturaleza: los que ordenan desbrozar el terreno cuando corresponde, sembrar a su tiempo, recoger el fruto. Paradójicamente, quienes así se alejan del mundo desarrollan una sociabilidad más matizada y rica, porque, al empezar a entender lo que supera al hombre, comienzan también a entrever la importancia relativa de las cosas que son fuente de conflicto entre los hombres. Ve uno crecer una lechuga y es como si viera madurar un argumento a favor de la ecuanimidad y la paciencia. Cosecha uno unos tomates y es como si cosechara otras tantas razones para amar la vida.


Claro que eso ocurre cuando se acude a la huerta sin pretensiones, con el solo deseo de aprender a tratarla y a esperar de ella los frutos merecidos. Y no sé si serán ésas las razones por las que Michelle Obama, la mujer del actual presidente de los Estados Unidos, ha anunciado que va a sembrar un huerto en los jardines de la Casa Blanca. Bien hará un hombre poderoso en procurarse todo aquello que puede aprenderse del íntimo trato con la tierra. Pero también ocurre que los hombres poderosos han necesitado siempre alardear de más virtud de la que poseen. Y si, en otro tiempo, la propaganda exigía que el rey fuera el hombre más piadoso del reino, ahora parece que lo imprescindible en un gobernante es que tenga conciencia ecológica, no abrigue prejuicios sexistas y no ofenda a nadie cuando habla. De Tony Blair, el ex primer ministro de Inglaterra, hubo sectores de opinión que esperaban que dejara de lado sus responsabilidades de gobierno para compartir con su mujer los cuidados que requería el hijo recién nacido de ambos. A Obama ya se le ha reprochado algún que otro desliz verbal, como el que ha cometido al afirmar en televisión que su habilidad jugando a los bolos es inferior a la de un jugador paralímpico…

Pero una cosa es morderse la lengua para no meter la pata y otra muy distinta postularse, a uno y a la propia familia, como modelo de virtudes ciudadanas. En eso el progresismo americano, con su inspiración religiosa y sentimental, es incluso más cargante que la rancia izquierda europea, tan apegada a la sociología. Qué distinto, en fin, este presidente que cultiva verduras de aquel otro correligionario suyo que seducía a las becarias en su propio despacho y luego le mentía descaradamente al Congreso, sin que su popularidad descendiera un ápice.

No me cabe la menor duda de que la clase media norteamericana, e incluso algunos sectores de la europea, imitarán el ejemplo de los Obama. Se pondrá de moda tener lechugas en el jardín, en vez de rosas. Lo que, después de todo, no es peor que comer rosas en ensalada, como proponían los cocineros cursis en los tiempos prósperos que hemos dejado atrás.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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