martes, abril 14, 2009

SENDERO (y 2)

Como para depararnos una oportunidad de resarcirnos de todos los agravios causados por la vida gregaria, y a los que atribuimos todas nuestras infelicidades, se nos interponen dos aglomeraciones vivas, que, por un lado, nos obligan a refrenar el paso y, por otro, nos incitan a rebasarlas lo antes posible.

La primera es un rebaño de cabras. Con ellas no tenemos ninguna cuenta pendiente. Y ellas, a lo que parece, tampoco tienen nada que reprocharnos. Nos ignoran, nos rodean ostentosamente cuando les obstaculizamos el paso, lucen para nosotros su repertorio de gestos entre cómicos y asombrosamente pertinentes: las topadas, el modo de encaramarse sobre los cuartos traseros para devorar un brote tierno, los conmovedores diálogos que cruzan, y en los que se adivina un principio de sentido que acaso resulte más apropiado a la vida, en su versión más simple, que la logorrea constante que nos acompaña; y que, cuando no le damos salida, borbotea en nuestras cabezas como un cazo de leche pasado de hervor... También en ellas hay algunas poderosas individualidades, que se manifiestan, en algunos casos, en forma de atributos de autoridad y fuerza (esas barbas de chivo, tan sapienciales; esas cornamentas), y, en otros, en la increíble variedad del pelaje, que incluye el ingenuo estampado en blanco y negro con que un niño las pintaría y la delicada tonalidad rojiza, punteada de oscuro, que parece emparentarlas con sus primas ricas, las gacelas de África...

La segunda colectividad que debemos adelantar es la de los ancianos que mencionábamos ayer, y que nos llevaban ventaja porque habían alcanzado el punto de partida en autobús. Van muy dispersos también, como las cabras. Por el acento, deduzco que son norteamericanos; a una de ellas le oigo expresamente decir a su compañero ocasional que es de Lincoln, Nebraska... Los vamos sorteando, grupo a grupo. Unos ceden gustosamente el paso, y hasta nos dedican una sonrisa; otros, en cambio, ocupan ostentosamente el centro del sendero, y afirman el paso como si ignoraran que hay gente detrás que desea adelantarlos. El resultado es que ahora somos nosotros los dispersos, según hayamos podido rebasar o no a los más reacios, y llega un momento en que quienes vamos delante nos vemos obligados a detenernos a aguardar a los demás, con lo que corremos el riesgo de que el grueso de la tropa de ancianos vuelva a adelantarnos y volvamos a la situación del principio... Pero los ancianos también han sentido la necesidad de reagruparse, y están detenidos en un claro, por lo que, definitivamente, los perdemos de vista.

Y llegamos al punto de destino: una cortadura del terreno, que enfrenta dos paredes rocosas. Desde la que ocupamos se ve una espléndida vista de los valles circundantes y una privilegiada perspectiva sobre el paredón de enfrente, cuajado de buitreras. Sus habitantes nos sobrevuelan, entre majestuosos e impertinentes. A los ojos de un buitre no somos más que lo que somos. Sin embargo, llama la atención que este pájaro de mal agüero, que en el orden de las aves debería tener el aspecto envilecido de las hienas, sea, objetivamente considerado, tan hermoso. Como imbuidos, en fin, de nuestra propia mortalidad, devoramos unos bocadillos de chorizo. Y, al ver que los ancianos no nos alcanzan, nos preguntamos qué habrá sido de ellos.

Pero ya esta clase de pensamientos despiadados, en los que tiene su parte la presencia de los buitres, empieza a remitir. Y es que nos vamos acercando al final del trayecto. A la sociabilidad consentida y más o menos libremente aceptada, por así decirlo.

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