sábado, mayo 16, 2009

ANUNCIOS

Lo verdaderamente llamativo hubiera sido que hubieran suprimido los anuncios de la televisión pública antes de que hubiesen echado a andar las televisiones privadas; y no ahora, cuando, con la amplísima oferta de canales y formatos televisivos disponibles, una medida que afecte a uno solo de ellos apenas logrará variar los hábitos de una clientela tan repartida como voluble. La medida, además, llega demasiado tarde para quienes llevan décadas quedándose dormidos en el primer intermedio de la película, o para quienes no conciben una emisión televisiva sin un sinfín de paradas largas en las que visitar el retrete o la nevera. Y llega tarde, incluso, para esa generación frívola que, en los últimos lustros del siglo precedente, coqueteó con la idea de que lo mejor de la televisión eran precisamente los anuncios… Quién no ha temblado de emoción, o de otra cosa, cuando se tropezaba, en alguno de los interminables intermedios de Qué grande es el cine, por ejemplo, con ese anuncio en el que Claudia Schiffer se despojaba de toda su ropa (la cámara no mostraba más que las prendas caídas) para aparecer cubierta sólo por… la carrocería de un coche último modelo.

Vinieron luego tiempos de mayor corrección política; y aunque los anuncios con mujeres ligeras de ropa no han disminuido un ápice, la cosa se ponía más fea cuando a esa explotación consentida de la imagen femenina se añadía cierta tosquedad: por ejemplo, que el anuncio con el que se promocionaba España como destino turístico terminara con un primer plano de un trasero femenino muy bronceado, en el que se marcaba la huella de un tanga; o que el de cierto desodorante masculino mostrase a mujeres rendidas ante individuos que, presuntamente, olían a ese producto.

Asistía uno a esas batallas con una mezcla de curiosidad e indiferencia; o, mejor dicho, con esa mezcla de atención y desconsideración que sólo puede uno permitirse en la intimidad. Porque, a diferencia de la publicidad que invade los espacios públicos, y que resulta más o menos insoslayable, el ámbito de la publicidad televisiva es casi siempre íntimo y privado. Nada le impide a uno levantarse a coger una cerveza, si tiene sed, o a hacerse un bocadillo, si tiene hambre; o a estirar las articulaciones, si le apetece; nada le impide a uno, en fin, hacer sobre los anuncios y lo que publicitan la misma clase de comentarios desconsiderados que emite, por ejemplo, ante las apariciones en televisión de ciertos políticos… Con todo esto, no quiero decir que esté en desacuerdo con que se supriman los anuncios de la televisión pública. Todo lo contrario. Pero, como tantas otras cosas que hacen los gobiernos, no deja uno de percibir en ésta un molesto tufillo pedagógico, moralizante, sobreprotector. Yo ya me defendía bien de los anuncios, creo. Más miedo me dan los telediarios.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Andrés Pérez Domínguez dijo...

Querido José Manuel: te me has adelantado, pero ya te acabo yo de enlazar en mi blog también. Mucha suerte con tus Vacaciones de invierno. Espero que coincidamos en el futuro en algún acto.
Un abrazo,