viernes, mayo 22, 2009

CENTRIFUGADORA

El hecho de que, desde hace años, mi jornada de trabajo de los jueves termine a media mañana me deja en la tesitura de emplear las horas que quedan hasta el almuerzo en algo que realmente justifique la condición de tiempo libre de las mismas. Casi nunca lo consigo; la mayor parte de las veces tengo demasiados recados pendientes, que convierten ese intervalo en una especie de carrera contrarreloj para zanjarlos todos. Pero a veces, no obstante, encuentra uno la disposición de ánimo necesaria para disfrutar de ese tiempo libre. Sólo que, ay, en no pocas ocasiones el azar se conjura contra uno para que, incluso en esa disposición festiva, llegue un momento en que tengo la sensación de haber perdido por completo el control sobre esas horas, hasta sentir lo que hoy: el desconcierto de quien, pongo por caso, se ha subido a un tiovivo a pasar el rato dando vueltas y, de pronto, se ve en medio de una centrifugadora.

Todo empezó bien: salí del trabajo, pasé por el quiosco a comprar un bonobús y unos sobres (y, de paso, a echar un vistazo a la siempre interesante colección de películas descatalogadas que el quiosquero liquida a razón de un euro el ejemplar), rodeé la plaza de abastos y me paré a charlar durante unos veinte minutos con un amigo al que hacía tiempo que no veía, y que volvía de comprar medio quilo de boquerones... Justo al dejarlo, tuve la sensación de que mi aspiración máxima en este intervalo había sido alcanzada: el tiempo se había refrenado, había disfrutado de una agradable conversación, e incluso llevaba una película prometedora en la carpeta, para la noche. Si todo seguía así, a lo mejor hasta me animaba a tomarme una tacita de caracoles, después de recoger el correo.

Luego vino el trayecto en autobús, en el que leí un buen trozo de la biografía de Malcolm Lowry que traigo entre manos. Y sólo un pequeño incidente, aparentemente sin importancia, pudo haberme servido de advertencia de que las cosas empezaban a torcerse: el conductor dio un giro brusco en una curva y mi carpeta, con todo lo que llevaba dentro, se deslizó del asiento y cayó en el pasillo. Menos mal que los papeles no llegaron a desparramarse. La carpeta resbaló hasta los pies de una señora mayor que, al verla, se limitó a levantar una ceja para indagar la procedencia de aquel cuerpo extraño. Le hubiera bastado alargar un brazo para alcanzármela, pero volvió a fijar la vista en el vacío e hizo como que no me veía cuando me agaché ante ella para sacar mi propiedad de entre sus pies.

Cosas que pasan, me dije, dispuesto a que nada me estropeara lo que, hasta entonces, había sido un delicioso trayecto a casa. Me bajé del autobús y me acerqué, como tenía previsto, a la oficina de correos, por la que no iba desde hacía tres semanas. Eso explicaba la acumulación de correspondencia, que tenía que haber previsto: nada menos que ocho libros, algunos bastante gruesos, un catálogo, un manojo de cartas. Le pedí una bolsa de plástico a la empleada, pero me dijo que no tenía. Reparto como puedo la carga entre los bolsillos de mi carpeta, que ahora va tan abultada que casi no consigo cerrarla, y la pequeña bolsa de plástico en la que llevo los sobres comprados en el quiosco. La bolsa está a punto de reventar, y sus asas, muy estiradas por el peso, se me clavan en la mano. Voy tan incómodo que me digo que lo mejor es llegar a casa cuanto antes, y renunciar a la prometida taza de caracoles. Tengo por delante una caminata de veinte minutos. Y, cuando llego a casa y me echo las manos a los bolsillos para sacar las llaves, compruebo que no las tengo encima: debo de habérmelas dejado en la cerradura del apartado de correos.

Como no es cosa de desandar el trayecto con todo ese peso encima, llamo al timbre del vecino, con idea de dejarle mis cosas mientras voy a por las llaves. Pero no hay nadie en casa, así que opto por depositar la carpeta y la abultada bolsa en el descansillo, junto a mi puerta, y emprendo la carrera de vuelta a la oficina de correos. Las llaves estaban allí, efectivamente. Pero tampoco esta vez, a la vuelta, me atrevo a concederme el prometido respiro y sentarme en una terraza a comer caracoles: ¿y si, después de todo, alguien decide llevarse las cosas que, un tanto imprudentemente, he dejado en el descansillo? Corro a casa. Los libros y la carpeta siguen allí. Y yo traspaso el umbral con la sensación de dejar atrás un mundo regido por un espíritu burlón, demasiado aficionado a las bromas pesadas.

2 comentarios:

arati dijo...

Ay, querido, lástima de caracoles, hubieras hecho bien en detenerte y comértelos, tranquilamente.
¿Dónde vives tú, en la República de Platón?. En este país nadie te va a robar unos libros, el móvil sí, pero unos libros...

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, tienes razón. Creo que en este texto quedo como un completo neurótico. En fin, todo el mundo estropea de vez en cuando un día así de tontamente.