lunes, mayo 11, 2009

COMEDIA EN UN SOLO ACTO

Podría escribirse una obrita de teatro de un solo acto sobre lo que ocurre cuando un escritor se sienta a "firmar" ejemplares de una novela suya en la feria del libro de su ciudad natal. Para empezar, habría que obligarle a confesar sus temores (tal vez en un aparte, si ese recurso teatral no hubiese caído en desuso), su miedo a que no acuda nadie, y a quedar en evidencia ante el librero que le ha ofrecido sus instalaciones, e incluso ante el cínico desfile de indiferentes que lo mirarán como diciendo: "fijaos en ése; ¿pensará que vamos a comprar su libro, sólo porque se ha sentado ahí, bolígrafo en ristre, a ver pasar a la gente?". No hubiera sido la primera vez; sólo que, cuando le ha ocurrido eso en alguna ciudad lejana, donde nadie lo conocía, el mal trago no le importó mucho. Pero aquí, claro, se jugaba algo más. Lo vemos llegar a la feria con cierta anticipación sobre la hora prevista, como si no hubiera podido dominar su impaciencia. Y, después de pasarse a saludar al librero, y decirle que se va a dar una vuelta hasta que llegue el momento, se encuentra con la sorpresa de que el librero lo agarra del brazo y lo arrastra literalmente ante el primer comprador; compradora, en este caso: no del libro que justifica este despliegue, sino de otro anterior, de los que el librero ha colocado en una mesa para arropar al nuevo; uno de poesía, en concreto. La compradora dice que no ha leído nada de este escritor, y que prefiere empezar por uno de poesía, por si le gusta... El autor suscribe gozoso ese desiderátum. Y, ya sin excusas para quitarse de en medio, se resigna a sentarse en la silla que le ha preparado el librero, en un rincón, porque el espacio es reducido y la avalancha de visitantes, en ese día nublado que muchos han renunciado a pasar en la playa, es imparable.

Y, contra todas las expectativas, se acerca gente a la mesa. Unos compran el libro en el momento; otros lo traen ya comprado, o ponen ante el autor ejemplares de otros libros suyos anteriores. Hasta aparece uno, al que el autor no hubiera tenido inconveniente en besar, que trae consigo la bibliografía prácticamente completa del firmante, con excepción de un par de títulos, que compra allí mismo... Al autor empieza a dolerle la muñeca de escribir dedicatorias. El librero lo mira sonriente: lo que le hace pensar al autor, desconfiado por naturaleza, si no habrá sido él quien ha amañado este anómalo desfile de presuntos entusiastas.

El caso es que siguen llegando, más o menos espaciados; entre ellos, algunos viejos conocidos del autor: un par de compañeras de trabajo (arregladas, maquilladas, más guapas y vistosas que en el borroso día a día), un amigo de la infancia, que espera verse reflejado en la novela, una amiga de su mujer, un redactor del periódico para el que escribe, una escritora amiga... También pasan otros conocidos que le saludan de medio lado y pasan de largo sin pararse, como si temieran que, si lo hacen, pudieran ser víctimas de un sablazo... Le hace gracia al escritor ver, entre éstos últimos, a un concejal. Los concejales, no sabe por qué, le resultan siempre algo cómicos.

También se planta junto a la mesa, para llamar la atención del librero, un escritor local que acaba de publicar un libro de erudición histórica cuya edición, al parecer, él mismo ha sufragado. Se quedan solos un instante los dos escritores, porque el librero ha tenido que acudir a sus asuntos. Y el historiador local le dice al otro, refiriéndose a su propio libro: "¿Sabe usted? Este libro va a gustar...". Ya quisiera el novelista para sí ese optimismo.

Y así pasa la tarde, que el autor temía larga y solitaria. No lo ha sido, no del todo. Pero se dice, una vez más, que sus nervios no están hechos para esto. Y se deja llevar a casa por su mujer, que ha venido a recogerlo, como hacen las mujeres pacientes con los maridos a los que les da por pasarse el día en la taberna.

2 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Le fue muy bien, después de todo, al escritor. Ya me habían contado. Yo entré a ver a Fernando Delgado y, al salir, lo vi arropado por un grupo. El único problema es que el espacio reservado para la firma es minúsculo, porque las casamatas no dan para más, y ello obliga a todos los visitantes, que van de casamata en casamata, a desfilar muy cerca del escritor. Demasiado cerca como para que pueda templar sus nervios. Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bueno, la verdad es que fue muy distraído también estar metido en ese barullo. Un abrazo.