lunes, mayo 04, 2009

DEMONIOS

A diferencia de la mayoría de los aguardientes, que saben a colonia (aunque sea a colonia con aroma de bellotas o canela, en fin), el mezcal sabe... al gusano que lleva la botella para certificar la gradación del alcohol. Al paladearlo, quiere uno poner la cara de uno de esos perdidos de Tijuana que salen en las películas. Pero lo que le sale es eso: cara de estar saboreando un gusano; que, encima, no sabe demasiado bien. Y es que el malditismo es cuestión más bien de fantasía, y casi nunca resiste la prueba de la realidad.

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Entre los inéditos en libro que incluye Oficios estelares, los cuentos completos que acaba de publicar Felipe Benítez Reyes, hay tres al menos que destacan sobre el nivel medio de excelencia que posee toda la colección: "La voz sobre el cristal de color ámbar", "Los herederos" y "El campeón". Son tres cumplidos ejemplos de cuentos que dicen lo que no dicen, o que juegan al escamoteo de lo esencial; y no por mero artificio literario, sino porque lo esencial, en los tres casos, no puede ser dicho de otro modo. No puede serlo, en efecto, ese amor/amistad/afecto entre hombres maduros del que trata el primero; ni el cuento de fantasmas que intuimos al fondo del segundo; ni la vileza trivial en la que se resuelve la clase de sentimiento que intenta explicar el narrador del tercero. De ahí, tal vez, la adhesión que suscitan en el lector: éste aplaude, no la maestría (que es indiscutible), sino la evidencia de que estas historias sólo alcanzan la condición de tales gracias al modo, necesariamente magistral, cómo están contadas. Como los buenos chistes, en definitiva.

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El viento casi arruina la "crujida de gamones", ese rito primaveral consistente en calentar el extremo de ciertos juncos en una hoguera y hacer estallar el tallo bullente de savia de un golpe contra un tronco o una piedra... Una especie de cohetería primitiva, anterior a la pólvora. Yo también acerco mi junco al fuego. Pero aquí el único que juega es el fuerte viento, que barre periódicamente la hoguera y arroja sobre los congregados una lluvia de chispas, que nos hace huir a la noche circundante, que es la verdadera patria de los demonios.

3 comentarios:

Profesor Franz dijo...

A mí siempre me ha parecido que era al revés: es el gusano el que sabe a mezcal. Y lo digo con conocimiento. Haga algún día la prueba.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No discuto sus conocimientos, Profesor. Lo que sí le digo es que, si el whisky, según reza una acreditada tradición, sabe a chinches, este mejunje también tiene un apreciable sabor a invertebrado. Prefiero el orujo.
Saludos.

FELIPE BENITEZ REYES dijo...

Querido JM, gracias por tu comentario. Me alegra que te hayan gustado esos relatos nuevos.
Un abrazo.