lunes, mayo 18, 2009

DESCANSABA

Ni rastro ya de aquella Sevilla irlandesa, oscura y lluviosa, de la que hablábamos hace apenas un mes: la realidad, que no teme a los tópicos, suscribía sin reparos los que correspondían a la ocasión, y la ciudad lucía ya pertinentemente sus naranjos florecidos, sus hordas de turistas y sus mujeres radiantes. Claro que uno estaba allí para trabajar: para permanecer una hora en la caseta de Interbook, con la pretensión de firmar ejemplares de su libro a los posibles compradores, y para comparecer luego en una carpa ante el todavía más impredecible público que quisiera renunciar a las tentaciones de la calle a cambio de oír hablar de su trabajo a un editor y a tres escritores. Firmar, no firmé más que un libro, a una simpática madre joven que, después de pasarse casi toda la hora frente al mostrador, puede que esperando a alguien, y conteniendo mientras tanto los ímpetus de un niño impaciente, debió de pensar que lo mínimo que podía hacer en desagravio era comprar un libro al tipo que, desde su posición al otro lado del mostrador, no podía hacer otra cosa que contemplar la escena sin perder detalle. Me pidió que se lo dedicara a su hermana, y yo garrapateé las frases de rigor con mi mejor letra redonda, la que tenía antes de que la falta de hábito de escribir a mano me terminara de estropear la que ya venía muy tocada de mis años de universidad y de tomar apuntes.

Mejor suerte hubo en la presentación. Cien personas, quizá, con lo que cabíamos a unos treinta por escritor (algunos menos para mí, que era forastero y más o menos nuevo en la plaza). Fui breve, porque a mí también se me iban los ojos tras el gentío que pasaba por delante de la amplia boca de la carpa, por la que se colaba la atmósfera violácea de la tarde y el fragor contenido de la multitud cuando se entrega a menesteres más o menos civilizados.

Una hora más tarde, sentados en la terraza de Casa Robles, constatábamos M.A. y yo que ese fragor destacaba sobre un fondo de silencio bastante inusual en el centro de una ciudad. Tal vez por eso: porque estábamos en ese punto medio ideal en el que se anulan todas las fuerzas divergentes, y uno, ya cumplidos sus deberes (era el último acto previsto), descansaba.

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