sábado, mayo 02, 2009

DESLEALTADES

El mediano revuelo que ha despertado el nombramiento de Rosa Aguilar, hasta ahora militante de Izquierda Unida, como consejera de Obras Públicas en un gobierno autonómico dominado por los socialistas me ha hecho pensar. En ningún otro ámbito de la vida civil se le podrían haber hecho a la persona que libremente acepta un puesto de mayor responsabilidad los reproches y acusaciones que ha merecido la hasta ahora muy respetada y poco discutida alcaldesa de Córdoba.

Los partidos políticos tienden a pensar que las personas que militan en ellos y han sido elegidos para determinados cargos dentro de candidaturas presentadas bajo sus siglas no son sólo ciudadanos que ejercen libremente sus derechos, sino una especie de títeres que deben obedecer fielmente las instrucciones emanadas del aparato al que, se piensa, deben cuanto son. Por eso es tan difícil hallar en nuestros políticos rasgos de originalidad o de libertad de actuación; y por eso entre éstos, agotada ya la notable generación que hizo la transición de la dictadura a la democracia, sería prácticamente imposible encontrar a un Obama o un Sarkozy, personajes que, en lo bueno y en lo malo, parecen encarnar las virtudes y defectos de los pueblos que gobiernan. Aquí no: la promoción de dirigentes que vino a relevar a la de Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo se caracteriza por una grisura en la que resulta imposible adivinar un rasgo caracterizador, que inspire simpatía o aversión, al margen de las ideas que dicen encarnar.

En este ambiente, la discreta trayectoria de la hasta ahora alcaldesa de Córdoba era una excepción. Entendió pronto que la ideología y la disciplina de su partido eran una rémora, y llevaba años actuando al margen de ellas, pero sirviendo con eficacia a la ciudad que la había elegido. Podría pensarse en ella como en uno de esos pocos políticos “transversales” que, al margen de las estrecheces de miras de sus partidos, podrían llegar algún día a cerrar acuerdos importantes sobre los asuntos que mantienen artificialmente dividido al país: la educación, el vergonzoso mercadeo autonómico, la deformante ley electoral por la que nos regimos… Por eso me parece correcto que, si cree que lo va a hacer bien en el nuevo cargo para el que la han llamado, lo haya aceptado, poniéndose a su partido por montera. Éste, naturalmente, obedeciendo a la vieja querencia estalinista connatural a su ideología, la ha acusado de “deslealtad” y de servir a sus intereses personales, como los de su cuerda en otras partes del mundo acusan a sus disidentes de burgueses y contrarrevolucionarios… Y el caso es que hay algo muy agradablemente burgués (muy cordobés también) en esta política que, por lo que sé de ella, nunca levanta la voz, ni discute con energúmenos. Ojalá el ejemplo cunda. Y no sólo en Izquierda Unida.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

El lobo estepario dijo...

La independencia de Rosa Aguilar y su integridad en su cambio de etapa política es, cuando menos, dudoso, desde el momento en que, una persona que se destacó en su tiempo por la denuncia de los GAL, declara que pedirá disculpas a Felipe González por haberle relacionado con esa forma de terrorismo de Estado. Cuando dice eso, y esta dispuesta a hacer eso, es que se somete fielmente a las directrices del partido. No creo, por lo tanto, que sea un cambio por autonomía, sino porque IU se está hundiendo y, además, como consejera se presume más que como alcaldesa.

Un político tiene dos obligaciones, según se vea. Con quienes le eligen para desempeñar un cargo, y con el partido que le coloca en situación. Esto último quizás no sea en este caso, donde hay una figura que tiene un relieve propio, pero sí en casos de concejales o diputados. En todo caso, se debe al electorado, así que, si quería ser tan independiente, que hubiese renunciado a su militancia en IU, pero no a su cargo de alcaldesa, donde tenía un compromiso con los ciudadanos.

Ya digo, de todos modos, que yo no la veo tan libre.
No se puede ir de sastrecillo valiente y luego hacer determinadas declaraciones. Y no son declaraciones que haya oído, sino una entrevista que he leído, y en la que también habían otras faltas de personalidad. No pertenezco a IU, ni estoy en su ambiente, ni le he votado nunca, pero me gusta llamar al pan pan y al vino vino.


P.D. Además, me gustaría recordar aquello de que el capitán no abandona su propio cargo. Una persona que en un partido político ha sido tanto no puede abandonarlo, sin motivos claros, cuando este está en sus horas más bajas.