martes, mayo 05, 2009

DIVERTIDO

El rostro redondo, los labios abultados, los ojazos entre vivarachos y saltones, las caderas rotundas, el porte achaparrado... Así era hace treinta años Lina Romay, musa y esposa del cineasta Jesús Franco, y protagonista de muchas de sus películas, en especial de la larga serie erótica, a medio camino entre el cine de serie Z y las improvisaciones a lo Warhol, que éste filmó desde su vuelta a España en 1978, y que se inauguró con Ópalo de fuego, una curiosa historia de intriga rodada entre España y Portugal, y en la que la actriz es nada menos que una agente especial que investiga una red de trata de blancas, para lo que se hace pasar por bailarina de striptease... La vimos no hace mucho, convertida ya en una venerable pero todavía vistosa anciana, empujando la silla de ruedas de su marido, cuando éste se disponía a recoger el Goya honorífico que le había concedido la Academia. No sabría decir cuál es la causa de la simpatía que, en general, me inspiran estos personajes. No desearía uno llevar la vida que seguramente han llevado. Pero sí es relativamente fácil constatar que, en sus mejores momentos, han debido de rozar la sensación de haberse saltado todas las normas y convenciones imperantes en la sociedad de la que venían. A estas alturas, no estoy muy seguro de que eso sea conveniente, ni necesario, ni siquiera deseable; pero sí de que, a ratos, tuvo que ser muy divertido.

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Como lo debe de ser, en fin, ceder a esa atracción hacia la pintura anecdótica y costumbrista que mi amigo J.A.M., tan bien dotado técnicamente, parece experimentar de tanto en tanto. Tal vez para escapar de ella, de vez en cuando se impone pintar esos otros cuadros complicados, tercamente figurativos también, pero en los que subyacen problemas de índole, digamos, más abstracta: estos trozos de cielo, por ejemplo, encajonados por las líneas que forman los tejados de una calle estrecha. Es en estos cuadros, pintados a contrapelo, donde frecuentemente da lo mejor de sí, y donde hace un uso más inteligente de sus recursos. Y lo hace como negándose a sí mismo; que es, quizá, el único requisito imprescindible para que lo creado se emancipe también de uno y empiece a alentar por su cuenta, que es lo que importa.

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