sábado, mayo 09, 2009

EL MIEDO

Los carniceros, recuerdo, andaban desolados. Especialmente los que vendían casquería. Una ministra recomendó que al típico puchero andaluz se le echara hueso de cerdo, en vez del imprescindible hueso de vaca con tuétano. Eran, ustedes lo recordarán, los días del llamado “mal de las vacas locas”. Quien más, quien menos, todo el mundo redujo la ingestión de carne vacuna. No tanto por el mal propiamente dicho, sino por lo que éste puso de manifiesto: que las vacas eran alimentadas con harinas de origen animal, a veces procedentes de otras vacas, lo que convertía a estos bondadosos rumiantes en animales virtualmente caníbales… Y hubo quien relacionó el mal, en fin, con cierta enfermedad que desarrollaban los antropófagos de Papúa. Todo lo cual, en fin, daba un poco de asco.

Luego se habló de la gripe aviar, o aviaria (porque también en esto hubo sus discrepancias terminológicas). Venía de China, en una época en que el sorprendente crecimiento económico de ese país todavía nos cogía un poco por sorpresa y despertaba muchos recelos. Y uno, que ya por entonces era partidario incondicional de los “todo a cien” repletos de baratijas chinas, mantuvo durante muchos días la sospecha de que todo aquello respondía a una interesada campaña de desprestigio del gigante asiático por parte de sus desmoralizados competidores. Del cielo vendrían, decían, legiones de aves portadoras del virus. Todas eran sospechosas: las hacinadas y sórdidas gallinas, por supuesto; pero también los aristocráticos flamencos que dos veces al año cruzaban nuestros cielos en sus migraciones…

Poco a poco, en fin, hemos conseguido volver a comer carne de ternera sin temor a padecer el mal atávico que los papúes contraen por devorar a sus parientes difuntos, en vez de enterrarlos como Dios manda. Y poco a poco también hemos conseguido mirar el cielo sin pensar que las aves que lo cruzan (las letales palomas de ciudad, los desconsiderados estorninos que defecan sobre las estatuas, los atribulados patos de los parques, los sarcásticos gorriones) son portadoras de una plaga bíblica.

Y ahora le llega el turno a la gripe mejicana, o porcina, o nueva, que tampoco hay acuerdo sobre cómo denominarla. Quien vuelve de Cancún resfriado se convierte automáticamente en un paria, al que encierran en su casa y dan de comer por debajo de la puerta. No tardaremos en salir a la calle con la boca y la nariz cubiertas por una mascarilla, como ya hacen en muchas ciudades mejicanas, porque tendremos reparo de respirar el mismo aire que nuestros vecinos.

Cada pocos años sufrimos un ataque de una misma enfermedad recurrente. Ha tenido diversos nombres, pero se manifiesta en un único síntoma universal, inconfundible: el miedo; y tiene que ver con el desconcierto, la incertidumbre, el temor a lo desconocido. Para nada de eso hay vacunas.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Eduardo Flores dijo...

En el fondo, muy en el fondo quizá, salvando tragedias individuales, todo esto resulta un pelín gracioso y, tal vez, increíblemente paradójico: un organismo microscópico, un "ser" en aparencia, no inteligente, pone al gran caballero oscuro, al ser humano, a ocupar su lugar en el planeta.

Lo triste será que no servirá para mucho cuando, a toro pasado, erradicada la pandemia (nuevo palabro en el argot popular) todo esto no haya servido sino para aumentar la vanidad colectiva ante la adversidad que no lo era tanto.

Un saludo José Manuel,
Eduardo Flores.