martes, mayo 12, 2009

EL RUSO

La verdad es que esta novela me resultaba un tanto antipática desde el título; y que cada vez que mis ojos tropezaban con su grueso lomo en mis estanterías tenía la certeza de que era uno de esos libros destinados a ocupar sitio en las mismas durante años, sin que fuera a decidirme nunca ni a leerlos ni a deshacerme de él: lo primero, por lo ya dicho; y lo segundo, por una mezcla de respeto hacia el autor (que lo merece) y de piedad hacia los libros que uno adivina desdichados, no se sabe por qué.

Sin embargo, un extraño impulso, seguramente relacionado con el ánimo retrospectivo que me domina últimamente, me ha llevado a abrir Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera, de Ramiro Pinilla. Y ya no lo he soltado. Me he leído ya casi la mitad: casi trescientas páginas. Y me está pareciendo una muy buena novela, de ésas que se presentan dominadas por la urgencia de contar, más que por el propósito forzado de llenar de palabras unos centenares de cuartillas. El autor ha querido presentarla como un documento, casi como la mera transcripción de lo que le ha contado un pintoresco personaje real. Es la historia de un desgraciado, de un Lázaro de Tormes contemporáneo. Y Pinilla, en busca del estilo neutro y casi invisible que considera apropiado para contar esta historia que le ha venido dada, ha terminado bebiendo de las fuentes mismas de la insoslayable tradición narrativa a la que inevitablemente pertenece: la picaresca española, por supuesto (visible no sólo en la tipología del protagonista, sino en el desarollo mismo de la acción, repartida en breves episodios que dan cuenta de otras tantas "mañas" o ingeniosidades del personaje, a modo de las que se le ocurren al ya mencionado Lázaro de Tormes o, en otro ámbito, a Huckleberry Finn); a la que hay que sumar la narrativa realista de posguerra (Los bravos, de Fernández Santos, las muchas historias de niños de Delibes, etc.) y una inesperada (por infrecuente en la novela española) atmósfera dickensiana, que presta encanto y ternura a episodios como el encuentro del protagonista con Ñito, un trasunto del "Artful Dodger" de Oliver Twist, o la parte en la que el destino del Ruso parece resuelto por intervención de un bondadoso matrimonio sin hijos, hasta que una especie de fatalidad muy creíble lo aparta de ellos y lo devuelve al inframundo.

Imagino que Pinilla es muy consciente de las interferencias "literarias" que ennoblecen su presunto documento. Que sibilinamente omita mencionarlas en el prólogo que antepone al mismo puede considerarse una simple licencia poética, como lo fue que el anónimo autor del Lazarillo presentara su libro como una autobiografía. Tal vez lo que Pinilla quería dar a entender es que no se atrevía a arrogarse el mérito de haber pergeñado una historia que, al fin y al cabo, pertenecía a otro. Pero todas las historias que un escritor cuenta son de otros. Incluso cuando habla de sí mismo, de la persona que es cuando no escribe...

2 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Interesante recomendación, José Manuel; trataré de hacerme con el libro. Por cierto, mis vacaciones invernales en Alájar fueron muy satisfactorias, nostálgicas, evocadoras. Tebeos Pumby, tropecientos niños metidos en un coche para ir al campo... Recuerdos de otra España, peor pero también mejor. Un saludo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Peor, sin duda. Pero mejor, desde nuestras perspectiva, por ese valor añadido que adquiere todo lo irrecuperable: entiéndase, nuestra infancia.
Un abrazo.