viernes, mayo 01, 2009

LO UNIVERSAL ÍNTIMO

Mientras me llega el tercer tomo de En busca de el tiempo perdido, lleno el intervalo con la lectura de varios libros de poesía que he recibido últimamente. Alguno, anteayer mismo, como este Todo es para siempre, de Pedro Sevilla, que el autor me entregó en mano en un acto literario en el que coincidimos, en un instituto de Arcos. Lo leí ese mismo día, con el placer de quien se sustrae durante toda una tarde a sus rutinas para dedicar el tiempo a mejor causa.

Refresco con agrado el recuerdo que tenía de los poemas de Pedro que había leído ya, pero se me presenta con más claridad que otras veces el pesimismo y la obsesión por la muerte que los había dictado, y que aquí, en la condensación de una antología, parecen destacar más, como si en el proceso de selección se hubieran perdido algunos matices que hacían más tolerable, en los libros originales, la absorción de tan doloroso mensaje... Por eso me sorprenden tanto, y me emocionan aún más, los diez poemas inéditos que cierran el libro, agrupados bajo el hermoso título cervantino Aún hay sol en las bardas: diez cantos de esperanza renacida, de fe en la vida; de una fe argumentada, inteligente, no hecha de bobaliconería o tópicos biempensantes, sino de constataciones lúcidas. Cierro el libro con la sensación de que he gozado de una de esas infrecuentes lecturas que, de algún modo, se acopian en el alma para cuando uno quiera acudir a ellas a refrescarse la mente y el espíritu, como se llena de agua un cántaro en verano en previsión de la sed que ha de llegar.

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Y llega esta lectura, por esa curiosa ley de contrastes que impone la casualidad, justo cuando andaba terminando Entreluces, el último y reposado libro de madurez (de una madurez, en fin, que ya viene durando medio siglo) de Aquilino Duque. Sería facil jugar aquí con el hecho azaroso de que Pedro sea comunista (o eso dice él, aunque yo cada vez me lo creo menos, o me parece que él le da a esa palabra un sentido apostólico y fraternal del que la Historia la despojó hace ya muchas décadas) y este otro se declare reaccionario sin ambages (aunque yo me imagino que lo que quiere decir es que es crítico y lúcido respecto a la modernidad). Un lector no tiene por qué hacerles mucho caso a las fantasías ideológicas con las que ciertos escritores gustan adornarse. Lo importante es que escriban bien, y que acierten a articular verdades que, si las dejásemos exclusivamente al arbitrio de los repertorios ideológicos de cada cual, seguramente no aflorarían nunca. Y en este libro de Aquilino afloran no pocas de esas verdades: la aceptación de la vida, el sereno cierre de cuentas con el pasado, la visión mordaz del presente; y todo ello, desde esa sabia alternancia de ligereza y hondura que el poeta ha aprendido de sus clásicos, antiguos y modernos; entre estos últimos Alberti, Manuel Machado, Sánchez Mazas o Foxá.

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Y, por último, le pregunto a Inmaculada Moreno, en el acuse de recibo de su Igual que lava oscura, por esa reiteración de la palabra "dolor" en los poemas de este libro. Es una pregunta retórica, naturalmente, porque lo que un lector espera de un poeta no es que le aclare el pormenor biográfico que explique los sentimientos e ideas expresados en los poemas, sino una especie de elevación de lo particular a lo universal íntimo... No sé si me explico.

3 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Qué tres en uno, José Manuel. Muchas gracias por esta entrada tan lúcida como emocionada.

vinamarina dijo...

Decía Ridruejo que yo no era reaccionario, sino reactivo, y tú vienes a decir lo mismo. Qué gusto da cuando alguien, como en este caso, entiende a derechas lo que uno ha tratado de expresar. Un fuerte abrazo.

princesa_ dijo...

Estoy completamente de acuerdo que quien escribe expone
que quien siente refleja
y que el poeta ante la angustia de explicar
prefiere escribir de nuevo.
Dejo mi humo en tu columna