lunes, mayo 25, 2009

NEGATIVOS

Improvisado programa doble de cine dedicado a Lowry: Adiós Mr. Chips, de Sam Wood, y Días sin huella, de Billy Wilder, vistas las dos en la tarde-noche del sábado. La elección de ambas se fundamenta en la biografía de Lowry que ando leyendo estos días: James Hilton, el autor de la novela en que se basa la película de Sam Wood, fue compañero de internado de Lowry y tomó como modelo del benévolo Mr. Chips a un profesor común de ambos; y, en cuanto a la de Wilder, la novela en la que está basada apareció cuando Lowry ultimaba Bajo el volcán, y le provocó no pocas ansiedades, debido a las muchas coincidencias que hay en el modo de abordar el alcoholismo en ambas obras.

Estas dos películas trazan, por así decirlo, el reverso de la vida de Lowry. Y resulta divertido adivinar al personaje en esta especie de vaciado o negativo que entre las dos dibujan, por exclusión, cuando se les postula un hilo conductor que ninguno de los que tuvieron que ver con la gestación de las mismas, o con la de las novelas en que se basan, hubieran podido imaginar.

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También el clima de estas sierras viene a ser el negativo exacto del de la costa: dejamos atrás un día espléndido de sol para adentrarnos en el núcleo mismo de una nube varada contra las montañas, que descarga sobre los aquí congregados, nativos y visitantes, una lluvia densa e insistente, redoblada en ocasiones con furiosas andanadas de granizo. Y uno, con sus mangas cortas y su falta de previsión, casi se congratula de esta lección sobre la relatividad de las cosas; y, sobre todo, de lo fácil que resulta también, en ocasiones, escapar de ella: basta una hora escasa en coche para hallarse, literalmente, en otro clima.

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J.A.M. preparando el lienzo al que quiere trasladar cierta escena que fotografió en un refugio de pastor, en la montaña, al que acudió a mediados de semana para comprar el chivo que nos sirvió de almuerzo el sábado: un pastor junto al fuego, en una penumbra en la que sólo destacan las brasas sobre las que hierve el contenido de un perol, en un extremo de la diagonal de la escena, y el rostro del propio pastor, en el otro, reflejando la claridad del exterior... Me conmueve siempre la fidelidad de J.A.M. a su programa pictórico (una especie de versión impremeditada, casual, de la "poesía de la experiencia", con su misma carga de realismo y emoción), y bromeo diciéndole que, para algunos pintores, el lienzo con su imprimación sería ya una obra terminada; como para algunos poetas, pienso, tres palabras solemnes bailando en una hoja en blanco son el no va más de la intensidad poética.

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