lunes, junio 01, 2009

MAÑANA

Tras una curva, una patrulla de la Guardia Civil haciendo indicaciones a los vehículos para que moderen su velocidad a la hora de sortear un inesperado obstáculo: una moto destrozada en la cuneta, un cuerpo tendido en el arcén, envuelto en una sábana. Un par de kilómetros más adelante nos cruzamos con el furgón del tanatorio... Guardamos silencio. Ese extraño silencio que se hace en una sala cuando en ella se celebra un sorteo, y los bombos giran.

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A Alfonso Sastre lo conocí hace unos veinticinco años, cuando mi amigo P.B. y yo le hicimos una entrevista para la revista Fin de Siglo. P.B. y yo éramos entonces dos pipiolos, a los que nos confiaban encargos de esta clase porque habíamos mostrado algunas ínfulas literarias y parecía, a quienes nos hacían el encargo y a nosotros, que a un escritor en ciernes cualquier oportunidad de escribir y verse publicado es buena... P. B. se preparó la parte documental (lo que todavía tenía su miga, en una época en que no existía Google) y yo la parte literaria: quiero decir que me leí, entre otras cosas, cierto tomito llamado Cuatro dramas de la revolución, de la benemérita editorial Bullón, cuya colección literaria, que entonces se liquidaba en los baratillos, incluía joyitas como El golpe de estado de Guadalupe Limón, la novela falangista de Gonzalo Torrente Ballester, y la única edición exenta existente de Nocturnos de Chopin, de Gerardo Diego... De todo un poco, como se ve, y cuando a Franco aún le quedaba cuerda para rato (el tomito de Sastre, sin ir más lejor, tiene pie de imprenta de 1963, el año de mi nacimiento).

Me viene este aluvión de datos a la cabeza ante la renacida notoriedad de la que anda gozando estos días el octogenario dramaturgo por el hecho de encabezar la nefanda candidatura proetarra al Parlamento Europeo... El "síndrome Bergamín", diría uno, si no fuera porque la obra de Sastre, con todos los respetos, no tiene la categoría de la de ese otro polémico titiritero de las ideas, que además fue un gran poeta.

Pero no es ésa la cuestión, sino la de intentar dilucidar por qué dos autores que, por motivos distintos, brillaron en su hora, se entregaron luego incondicionalmente a una causa (el separatismo vasco) en principio ajena a ambos, a cambio no sé si de gozar, entre los de esa cuerda, de un reconocimiento y un fervor que ya el público general les negaba... Pero no es cuestión de extenderse ahora sobre ello. En un cuaderno como éste no caben largas reflexiones, sino las impresiones del día a día. Hasta aquí por hoy: ya seguiremos mañana, si hay tiempo y ganas.

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Después de haber visto un cadáver en la carretera, decir "mañana" tiene algo de temeridad.

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