martes, mayo 26, 2009

TEBEOS

En esa librería madrileña, me cuenta una compañera de trabajo, le dicen que tienen mis Vacaciones de invierno: el dependiente lo ha consultado en el ordenador y allí consta como en existencias. Pero, tras una ardua búsqueda por las estanterías, en la que la cliente también echa una mano, el libro no aparece. "Tiene que estar en algún sitio", dice el librero. "Ya aparecerá". Pero sabe uno de libros que han envejecido en algún recoveco inaccesible de una librería -mi ejemplar de Mujeres y días de Gabriel Ferrater, por ejemplo, que encontré en una liquidación, cuando hacía años que se daba oficialmente por agotado-, hasta que una mano amiga viene a rescatarlos. ¿Será ése el destino del mío, en esa madrileña Librería Manuel de Falla que -ironías de la vida- tiene el mismo nombre que la gaditana en la que más y mejor saben de lo mío?

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Echo algo en falta en el espléndido ensayo sobre el cómic español de los años cincuenta que firma José María Conget en el último número de Campo de Agramante: alguna mención, siquiera pasajera, a los cauces, a veces muy irregulares, por los que el tebeo llegaba a manos de sus destinatarios. Una, dos décadas después, quien esto escribe todavía frecuentaba, por ejemplo, los establecimientos donde se cambiaban tebeos y revistas; y los compraba a pares, atrasados, en el mercadillo que ponían los domingos en los alrededores de la plaza de abastos. En esas condiciones, lógicamente, no había modo de seguir ordenadamente ninguna colección, y la idea que se hacía uno de las historietas seriadas era forzosamente aproximada, resultado de unir lo recordado de episodios sueltos, leídos desordenadamente y la mayoría de las veces sin llegar a completar la secuencia entera... Y ahora caigo en la cuenta de que, entre lo que no he leído, lo que leí demasiado pronto y mal y lo que me parece haber leído, pero sólo conozco de oídas, la idea que tengo de la literatura universal obedece a ese mismo principio desordenado que regía mis lecturas infantiles. En parte, porque mis hábitos de compra (en cambalaches, en mercadillos, en librerías de viejo, o cediendo a impulsos impremeditados ante una mesa de novedades) siguen siendo igual de azarosos.

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Menciona Conget de pasada el Pumby, un ingenuo tebeo infantil al que yo también dedico algunos párrafos en mis Vacaciones de invierno; y que, en la economía de ese libro, representa todo lo que queda definitivamente arrumbado en el paso de la infancia a la adolescencia. En un intervalo de cinco, seis años, pasó uno de leer este tebeo para niños a regurgitar ese otro cuento de hadas, en forma de catecismo marxista, llamado Principios elementales de filosofía, de George Politzer. Y lo curioso es que me lo prestó el mismo primo mayor que, en su día, me pasaba las colecciones completas de El defensor de la cruz. Pero eso habrá que meterlo en otra novela.

2 comentarios:

Alvaro Sanz de la Jara dijo...

La distribución de tu novela en Madrid está siendo pésima, perdóname

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sé que la han visto en alguno sitios; pero, como suele pasar con las editoriales pequeñas, hasta que alguien no la pide, no la traen, o no la sacan de su caja.
Gracias, Álvaro.