sábado, mayo 30, 2009

TRAJES

Diré algo aquí que quizá vaya en detrimento de mi imagen mundana: hasta ahora, creía que todos los trajes de hombre eran más o menos iguales, y que, a lo sumo, sólo cabía diferenciar los hechos a medida (cuya finalidad, seguramente, es disimular algún defecto en la figura del destinatario) de los fabricados industrialmente. Más allá de esta distinción fundamental, pensaba, las diferencias de precio entre un traje y otro se deberían a cuestiones de moda o marca, como las que afectan al resto de las prendas de vestir: es decir, un traje con la solapa ancha o estrecha, según la moda vigente, costaría más que un traje que no exhibiera ese rasgo de actualidad; y un traje que luciera en el forro la etiqueta de una casa de moda prestigiosa valdría mucho más que otro fabricado en un taller anónimo de Hong Kong; aunque, como se sabe, también se da la circunstancia de que no pocas marcas de prestigio manufacturan sus prendas en una barraca asiática, a la luz de una bombilla, bajo un techo de uralita…

Creía uno en la igualdad esencial de todos los trajes. Y también (y esto es más difícil de reconocer, pues deja al descubierto mis humildes raíces), que el hecho de llevar traje era más una servidumbre que un privilegio, y que traje, lo que se dice traje en sentido estricto (es decir, pantalón y chaqueta del mismo color, bien planchados y preferiblemente de color oscuro) sólo lo llevan quienes están obligados a ello: los representantes de libros y de máquinas de coser, los empleados de banca, los agentes de seguros. Y que, si los gobernantes suelen ir trajeados, era para dar a entender que ellos también se sometían a ese acto de decoro que supone presentarse en público vestidos de un modo formal, y no con las carnes sueltas bajo un jersey holgado, el cuello despechugado y unos vaqueros más o menos desfondados, como va cualquier ciudadano común por la calle cuando no se representa más que a sí mismo y no tiene la obligación de venderle nada a nadie.


Me equivocaba. Si algo ha puesto de manifiesto la trama de corrupción que andan investigando los tribunales estos días, es que los trajes de chaqueta de algunos políticos son carísimos signos de ostentación de riqueza y estatus social. Que no son todos iguales, y que un entendido sabría apreciar en un traje caro detalles y calidades que el común de los mortales no sabe siquiera que existen. Los que viste, por ejemplo, el principal imputado en este sumario están hechos de una tela milagrosa que, por más que se retuerza o se someta a pliegues forzados, jamás se arruga… Acusan a este hombre de haberse dejado cohechar a cambio de algunos de esos ternos carísimos. Y me pregunto ahora si no será el traje el que hace al hombre, y si no habrá conciencias a las que se les pegue, como un requisito del oficio, la condición inarrugable de esas telas.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

La tela tiene un pespunte metafísico que los mundanos como nosotros no advertimos. En la sastrería que se gasta esta gente no se precisan facturas. Bastan sencillos gestos. La tela tiene idem, muy facilonamente despachado el asunto. La textualidad es textil. Eso también ha sido un recurso de sábado por la noche. Good for rock and roll.

Isidro Hernández dijo...

Tampoco yo había caído en la cuenta de la complejidad del traje y sus múltiples variantes de costura. Pero ya se ve que entre trajes y trajes anda el juego.
Tal vez habría que cambiar el dicho de "el mundo es un pañuelo" por el de "el mundo es un traje" (o un "trajín", que para gustos...)