viernes, mayo 29, 2009

VENDAVAL

Cuánto recuerdan estos versos de Agustín de Foxá (El almendro y la espada, 1940), a propósito de los desmanes de la guerra civil:

Y allí la ropa tenue, blanca o rosa
de la muchacha con olor a novia.
Y el tiragomas del hermano muerto,
la almohada de la niña con su lazo,
la sábana nupcial y la vitrina...

a estos otros de Alberti ("Capital de la gloria, 1936-1938", en De un momento a otro):

¡Palacios, bibliotecas! Estos libros tirados
que la yerba arrasada recibe y no comprende,
estos descoloridos sofás desvencijados
que ya tan sólo el frío los usa y los defiende;
estos inesperados
retratos familiares
en donde los varones de la casa (....)
nos contemplan...

Un mismo husmear interesado (y, entiendo, poco caritativo) entre los desechos de la violencia, con intención de, en el primer caso, levantar acta de acusación, y, en el segundo, de apuntar con el dedo a la clase social que se considera merecedora de esa furia vengativa. Y el caso es que ambos poemas, con su trasfondo de sentimientos sucios, son de los mejores que se han escrito, en caliente, sobre esa guerra. (Casi todo lo que se ha escrito luego, en frío, es peor.)

***

Detesta uno los simbolismos fáciles. Pero basta un día de vendaval, como el de hoy, para constatar que no siempre es lo mejor ni lo más cómodo avanzar en el sentido en que lo empuja a uno el viento. Cuánto más digno parece afianzar los pies en el suelo, mantener la postura y avanzar con paso firme en sentido contrario.

***

Y tal vez fuera una obvia asociación de ideas lo que, una vez en el autobús, me llevó a levantarme de mi asiento y a protestarle al conductor por el insoportable volumen al que tenía puesta la radio. Cínicamente, me contestó que yo me había ido a sentar justo debajo del único altavoz conectado, y que me cambiara de sitio. Así lo hice, pero el estruendo era el mismo en cualquier punto del autobús. Por lo que vuelvo a acercarme al conductor y lo amenazo con ponerle una reclamación en las oficinas de la compañía. Ante lo cual, masculla algo sobre la necesidad de compensar el ruido del motor y se aviene luego a bajar un poco el sonido. Nada, apenas una pizca. Lo suficiente, en fin, para que yo vuelva a mi asiento con la sensación de que, por hoy, ya he apechugado lo bastante en contra del vendaval.

3 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Qué fina observación la del segundo trébol. Compruebo, agradecido, que la levantera de ayer sirvió de algo. Gracias.

Sergio dijo...

Me gusta la ironía que destila el desarrollo entre el segundo apunte y el último. Da gusto leer este Diario.

Saludos y gracias.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Enrique, Sergio. Hay vientos que soplan dentro y vientos que soplan fuera, pero todos dejan algo. Un saludo.