viernes, junio 26, 2009

AMBIGÜEDADES

En la biblioteca pública al final de la mañana. Nada más opuesto al trasiego laboral que este silencio vagamente matizado por el runrún del aire acondicionado, que aquí adquiere sonoridad de brisa. Como a los usuarios de la hemeroteca nos colocan en una mesa cercana al mostrador, ante la que forzosamente han de pasar quienes entran o salen, distraigo lo arduo del cometido que aquí me trae con rápidas ojeadas a los que van y vienen, la mayoría estudiantes. También yo estoy en una situación especialmente conspicua, por lo que nada más entrar fija en mí su mirada un viejo conocido, que me presenta a alguien con quien, al parecer, había comentado mi último artículo en el Diario, y que resulta ser un antiguo profesor mío y creo que ex sacerdote, ahora reciclado en alto funcionario autonómico. Éste repara en que estoy ojeando un tomo de periódicos antiguos. "Yo también soy lector de periódicos viejos", me dice. "Me gustan más que los del día. Éstos los lee uno con el corazón. Los otros, con la razón". Bueno, sí, es posible. Sólo que la razón a veces se exalta demasiado, y entonces es el corazón el que se conmueve. Como cuando leo, en este periódico amarillento y quebradizo, un comunicado de HASI, el brazo político de Eta, en el que, para iniciar la sempiterna negociación que ya entonces, hace treinta años, reclamaban con el Estado, los terroristas exigían la formación de un gobierno vasco y de una policía autóctona (cosas ambas que se lograron poco tiempo después con la entrada en vigor del estatuto de autonomía), y declaraban que no creían llegado el momento de exigir la independencia... Es decir, se hubieran conformado con lograr, al final de lo que entonces parecía un largo y arduo proceso, lo que se les dio de entrada.

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Umbral y sus castañeras, el vecino facha, la muy admirada y requebrada Isabel Tenaille -que era una presentadora de televisión de entonces (el equivalente hoy sería, se me ocurre, Anne Igartuburu-; y también su melancolía, su escepticismo ante los tópicos biempensantes, y una cierta docilidad, un poco adelantada a la sensibilidad oficialmente "rebelde" del momento, al curso de los acontecimientos de nuestra historia civil, ya definitivamente encauzada, aunque con muchos problemas, hacia la democracia al modo occidental... Con qué poco (que es mucho) se pone en pie una voz reconocible en un artículo, se mantiene esa voz en toda una serie, se crea un personaje familiar. Que entonces, ay, me resultaba tan antipático como grato encontrármelo hoy.

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Las películas de Kurosawa sufragadas con dinero occidental (
Ran, o Kagemusha) son, por así decirlo, más japonesas que las rodadas con capital japonés: en éstas el cineasta jugaba a occidentalizar el viejo cine de samuráis, enriqueciéndolo, o aligerándolo, con aportaciones del ya acreditado western norteamericano, especialmente de esa fase de autoconciencia genérica que éste alcanza bajo la égida de John Ford. En sus otras películas, en cambio, Kurosawa juega a servirles a sus productores franceses y americanos lo que éstos esperaban: una explosión de lujosos motivos orientales, de epica vista ya sin ironía, de colorido, de batallas. Y es que ciertas ambigüedades temperamentales (tan enriquecedoras, por otra parte) son sólo sostenibles de puertas para adentro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Sr. Benítez, permítame que disienta en esta ocasión de sus apreciaciones sobre Ran. Creo que la explosión de lujo oriental, el colorido a los que se refiere no son más que los tópicos al uso con los que se juzga el cine, la literatura y el arte japonés en general.
Evidentemente, Ran no pertenece a ese género de samuráis, que tan bien emparenta con el western, pero esas historias de guerreros en apuros son tan japonesas como esta. No creo que Kurosawa haga concesiones en ninguno de los dos casos. En unas y otras nos muestra momentos diferentes de una cultura que conoce y ama. Y como no es tonto, pone polvo donde hace falta y seda donde lo requiere, y, en ambos casos, pone sake.
En mi opinión, Ran refleja la decadencia de un mundo que se hace viejo a la vista del espectador. Esta llena de pequeños detalles y referencias a la cultura japonesa que difícilmente podemos encontrar en la última hornada de películas sobre Japón, que sí aluden directamente a los tópicos antes expuestos. Estos detalles (excuse mi pedantería) no hacen falta para entender o apreciar la película pero están ahí: la pérfida cuñada que mata una cigarra (símbolo de la veleidad de la mujer, porque como ella cambia su caparazón) mientras convence a su pusilánime cuñado de que acabe con su esposa.
El lujo es el justo y necesario, el que alude a los usos y costumbres de la época. ¿Es, en este sentido, más lujosa, por ejemplo, que el Hamlet de Laurence Olivier?.
¿La ironía es siempre necesaria?
Un cordial saludo

ISE

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bienvenida una vez más, amiga Ise. No digo que el lujo de Ran sea innecesario. Lo que sí digo es que, para mi gusto, inevitablemente occidental (como el suyo, amiga Ise, que presumo basado en el bendito clasicismo hollywoodense), el Kurosawa de Yojimbo o de Los siete samuráis, por ejemplo, resulta más cercano que este último. Y que, como tengo hábitos de espectador occidental, disfruto con la ironía que supone ese juego de influencias cruzadas entre el western y el cine de samuráis. No digo que la ironía sea superior a otros valores culturales. Pero sí es importante en mi modesta escala de apreciación.

Un cordialísimo saludo. Y venga por aquí más a menudo.