lunes, junio 22, 2009

APRENDIZAJES

Un viento sur suave, el mar un tanto revuelto, pero de ese modo desordenado que ofrece, a quien busca lo suficiente, inesperados remansos de transparencia en los que ni siquiera se arremolinan las algas. Todos los años este primer día de playa pone a prueba expectativas y aprensiones que, en algunos casos, se remontan a la infancia. No es poco aprendizaje encontrar en este espacio público un hueco que se ajuste a esas expectativas, que mantenga a raya esas aprensiones. Un hueco entre las olas en el que no temer a las medusas, en caso de que las haya. Una parcela de arena todavía no hollada por las multitudes insatisfechas que van y vienen. Y la distancia justa respecto a la sombrilla más cercana, bajo la que dormitan una siesta eterna, ajenas a todo el mundo, dos mujeres semidesnudas.

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No he leído periódicos este fin de semana, pero me imagino que alguno habrá al que no se le haya escapado lo que, para mí, es una clarísima secuencia de acontecimientos. Hace meses fue elegido, para desconcierto de algunos, el primer parlamento vasco en el que no había representantes de Eta, porque también por primera vez en nuestra historia democrática la aplicación rigurosa de la ley impidió que ciertos grupos, haciendo escarnio de la misma, lograran presentarse a esas elecciones. Poco después esa misma legalidad, en una de esas frecuentes paradojas que parecen connaturales a la democracia, se contradijo lo suficiente como para que una candidatura proterrorista lograra concurrir a otras elecciones, esta vez al Parlamente Europeo, y conseguir algo más de cien mil votos. Y apenas quince días después de ese resultado, la banda terrorista que se escudaba tras esa candidatura le arroja a esos ciento y pico mil votantes, en cumplimiento de una no explícita, pero sobradamente sobreentendida promesa electoral, el cadáver de una nueva víctima, como otros esgrimen ante su clientela la construcción de una carretera o una bajada de impuestos... Evidentemente, los culpables del nuevo crimen son quienes lo han cometido; pero hay una amplia nube de connivencias y responsabilidades, por no hablar de unos cuantos trágicos errores. Y sería muy sano para nuestra convivencia que ninguna de esas connivencias, responsabilidades y errores quedara sin esclarecer y, en su caso, castigar.

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K. saca a relucir ante los extraños un repertorio de sonidos y gestos fieros absolutamente desconocido para nosotros. Pero con algo muy suyo: más allá de esos gestos y sonidos, no hay nada: no araña, no muerde, no hace daño a nadie. En eso es muy de la familia.

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