martes, junio 02, 2009

AQUELLOS LODOS

Me asegura este hombre que, mientras yo aparcaba mi coche en el hueco que él acababa de dejar, y él intentaba con el suyo dar un giro de ciento ochenta grados en la misma calle, los parachoques de ambos vehículos se han rozado levemente (tan levemente, en fin, que yo ni lo he notado). Ha parado su coche junto al mío, interrumpiendo el tráfico, y me hace bajar para ver que su parachoques trasero tiene, en efecto, una ligera rozadura, igual que la tiene el mío delantero... Yo juraría que ha sido él quien me ha rozado a mí, puesto que era él quien reculaba, y además en un lugar donde no se podía girar, pues había una línea continua que lo impedía. Pero, en medio del monumental atasco que se ha formado por causa de la protesta, comparece la policía. Que, ostentosamente (no son fantasías mías), se dirige al otro conductor -joven, bien vestido y dueño de un coche flamante- para preguntarle si sucede algo, mientras que a mí apenas me dirige una mirada de soslayo, la justa para tasar mi coche viejo y mi humilde figura de hombre en vaqueros y camiseta... Con ese panorama, accedo a facilitarle al reclamante mis datos, cuando lo que me apetecía era mandarlo a paseo... Llego al trabajo con un humor de mil demonios, sobre el que pesa, no ya este tonto incidente, sino otras contrariedades y malas impresiones de una jornada que y avenía mal dada, y sobre la que pesaban, a su vez, melancolías y desánimos de impreciso origen, aunque en nada relacionados con las vicisitudes del tráfico...

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Menos mal que, para alegrarme el día, me llega esta estupenda reseña que le han hecho a mis Vacaciones de invierno. Y que firma, además, el mismo que, hace un par de años, no se mostraba ni la mitad de entusiasmado con Sexteto de Madrid. Gracias.

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La entrevista de la que hablaba ayer se publicó en el número de Fin de Siglo correspondiente a diciembre de 1983, aunque debió de ser hecha y redactada muchos meses antes, dada la irregularidad con que solía aparecer esa revista. No recuerdo casi ninguna de las circunstancias aparejadas a la misma: ni dónde tuvo lugar ni qué era lo que traía a Alfonso Sastre a Cádiz (en el texto se menciona una "conferencia"). Por esas fechas, o quizá un poco después, según me recordaba una reciente columna de Carlos Herrera en ABC, el dramaturgo había publicado, o estaba a punto de publicar, en El País el virulento artículo que puso en el punto de mira de Eta al periodista radiofónico Luis del Olmo, que luego sufriría varios atentados... Y eso es quizá lo que me resulta doloroso al recordar este tonto trabajo mío a cuatro manos, cuya lectura se me atraganta hoy: no haberme percatado de la clase de personaje que tenía delante, y haber llevado la entrevista por los inocuos derroteros de la charleta literaria, al estilo de otras entrevistas (con Jaime Gil de Biedma, por ejemplo) que se habían publicado en esa revista, la mayoría hechas por quien figuraba como redactor jefe de la misma, el poeta gaditano y hoy muy buen amigo mío Jesús Fernández Palacios... Tal vez algún escrúpulo no declarado fue lo que llevó a éste a delegar en aquellos dos veinteañeros, P.B. y yo, este engorroso cometido. Cuyos lodos, por motivos bien obvios, me parece sentir que me siguen ensuciando las manos hoy.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No fue culpa tuya. Tú hacías tu trabajo con la mejor de las intenciones. Tus manos están limpias. Las de él no y no lo estarán nunca. Qué intelectualidad.
Un abrazo:
JLP