lunes, junio 29, 2009

CANGREJOS

Como no había aparcamiento, he llegado hasta ese extremo de la playa que suelo evitar, porque es el más concurrido (cuenta con una amplia explanada para coches) y hay rocas en la orilla que, cuando las cubre la marea, dificultan notablemente el baño. Era también el tramo al que, precisamente por esos motivos, me llevaban mis padres cuando niño: era fácil aparcar y las rocas, cuando la bajamar las descubría, proporcionaban horas de distracción a los pequeños, que nos distraíamos cazando cangrejos o recolectando lapas y burgaos. Ya no está uno para esos trotes; y esas lapas, cangrejos y burgaos (o "burgaíllos", como preferimos decir en Cádiz) ya no son tan abundantes como entonces; o eso me parece a mí, que lo juzgo todo con la escala cambiada del adulto. Pero el caso es que, para distraerme, me calzo unas chanclas de goma y me paseo por las piedras. Están, como entonces, llenas de niños, cada uno con su redecilla y su cubo, en el que echan el producto de su recolecta. No parece muy ecológica esta manera de matar el tiempo, pero supongo que, en zonas como ésta, irreversiblemente esquilmadas, el daño no es grande. De todos modos, uno no tiene ya el afán cazador de antes: de los cangrejos y demás bichos de este entorno, me interesa más verlos -constatarlos, por así decirlo- que apoderarme de ellos. Con ese afán me acerco al extremo más alejado del arrecife, el más expuesto al oleaje. En las paredes rocosas veo algún cangrejo de tamaño medio, que todavía no ha sucumbido a la esquilma generalizada. Veo también algunos ostiones grandes, y no pocos burgaos y lapas de tamaño considerable. Los dejo pasar, claro, porque ni traigo los avíos de caza ni el ánimo recolector que los niños de hace seis o siete lustros habíamos heredado de aquellos mayores sobre los que pesaban todavía las hambres de la posguerra... Cuando vuelvo a la orilla, el gentío ha crecido notablemente, y se agrupa en grandes grupos familiares que se atrincheran, como entonces, entre neveras y bolsas de comida. Sólo la presencia de un buen número de mujeres con las tetas al descubierto entre sobrinos y cuñados proclama que estamos en otro tiempo. Menos hambriento, más desinhibido. Con cierta arbitrariedad injusta, comento que las mujeres verdaderamente hermosas, como los cangrejos grandes, deben de haber huido a otras playas menos concurridas, menos accesibles. Pero es mentira, porque aquí la belleza, como la vida bullente del arrecife, sólo resulta visible a quien sabe mirar.

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