lunes, junio 15, 2009

UN PREMIO

Día de la Pintura en B. Las beneméritas señoras que lo organizan se quedan un poco extrañadas de la aturullada explicación innecesaria que les doy al inscribirme: me apunto, les digo, pero no pienso pintar, sino sólo dibujar por ahí, curiosear, disfrutar del ambiente. Y, por supuesto, no pienso mostrar a nadie los bosquejos resultantes. También he apuntado a C.; y ésta, gracias a Dios, no viene con reservas de ninguna clase; aunque, a decir verdad, tampoco ha venido con lo mínimo necesario. Sólo dispone de una caja de pasteles. Le dicen que vaya al "todo a cien" del pueblo y pregunte si tienen cartulinas. Las hay: una de color azul turquesa y otra de un naranja rabioso... Un pintor amigo le recomienda que se lleve esta última: aportará un punto de calor a su cuadro. C. instala su tenderete -mesa y silla plegables, sus pasteles, sus avíos de pintar- frente a un rincón pintoresco, con muchas macetas y geranios florecidos... Aquí se agradece el toque costumbrista. Y allí la dejo, con la intención de pasearme por el pueblo y ver qué hacen los concursantes más o menos profesionales, entre los que hay algunos amigos míos. A uno de ellos lo localizo en la azotea de su casa. Yo también estoy en un punto elevado, en lo alto de una cuesta, así que hablamos casi de igual a igual. El calor, me dice, empieza ya a ser insoportable. Y sé que eso significa que pronto dejará su labor y bajará a la plaza a refrescarse con unas cuantas cervezas. Más en lo suyo encuentro a J.A.M.: bajo los soportales del ayuntamiento, pretende reproducir una vista general del pueblo a primera hora de la mañana, con una luz que, me dice, apenas dura unos minutos, y es su propósito atrapar. Bromeo: le digo que para qué viene a pintar al aire libre, si, como veo, su fuente de inspiración es una foto que ha tomado de esa mágica hora. Pero entiendo que lo que le atrae es la circunstancia, lo que la ocasión tiene de celebración pública de la pintura, en compañía de sus convecinos.

Para guardar las formalidades, hago que las señoras de la organización me sellen unas cuantas hojas de mi bloc y me siento en un rincón sombreado de la plaza a dibujar lo que desde allí se ve: los soportales del ayuntamiento, parcialmente ocultos tras un par de palmeras, una de las cuales la tengo casi en mis narices (a ella debo la sombra), por lo que el primer plano del complicado escorzo que pretendo hacer lo ocupa su tronco, que abarca casi un tercio del dibujo. Cuando lo termino, tomo otra hoja y extiendo sobre ella unas manchas de acuarela, siguiendo el mismo esquema del dibujo previo. Miro las dos imágenes resultantes: torpes, decepcionantes, risibles. Pero constato el único efecto buscado por mí en estos ejercicios: he reparado en detalles y relaciones en las que nunca antes me había fijado, y lo así mirado ha quedado fijado en mi memoria con una intensidad que no podría depararme ni la mera observación directa ni la toma de una fotografía. Y doy por bien empleado el esfuerzo: sé que si alguna vez intento escribir sobre una plaza como ésta, los detalles y las palabras encargadas de nombrarlos acudirán a mi mente con absoluta nitidez y precisión. Para eso hago como que pinto: para tener vivas las imágenes que tal vez alguna vez necesite describir con palabras.

Pero ya empieza a animarse la plaza, y las organizadoras andan instalando las mesas del almuerzo con el que piensan agasajar a participantes y curiosos. Voy a ver cómo le va a C. En su callejuela, situada en la parte alta del pueblo, el sol cae a plomo. Pienso que se me va a deshidratar, o que le va a dar una insolación, y la animo a que baje a tomar un refresco. se niega, con esa seriedad característica con la que suele tomarse todo aquello a lo que se compromete. Me pregunta si he visto por ahí a otros concursantes de su edad, y le digo que no. Consigo arrancarle la promesa de tomarse un descanso dentro de media hora

El almuerzo, como era de esperar, añade un toque de dispersión a los ordenados propósitos de la mañana: difícilmente, piensa uno, ninguno de los aquí presentes hará nada a derechas en lo que queda de tarde. Pero constato también que la mayor parte de los inscritos en la categoría de "profesionales" no ha bajado. Por primera vez desde el pasado verano trasiego cerveza alegremente y sin reparos, sin cuidarme de mi garganta lastimada, que ya parece definitivamente rehecha. Y me retiro a echar una siestecita, no sin antes pasarme por donde C. e instarla a que, por lo menos, desplace sus trastos unos metros y se instale a la sombra.

Apenas he dado unas cabezadas cuando oigo sonar el teléfono móvil: es ella, que me pide un sacapuntas, para afilar sus difuminos. Le llevo también una botella de agua fresca y me tiendo a su lado, en el limpio pavimento barrido de la calle, a esperar que termine. Unos tres cuartos de hora más tarde aparece M.A., que la acompaña a la plaza, a entregar el trabajo, mientras yo me quedo para recoger los materiales. Luego me uno a ellas.

La espera es larga. En el intervalo, nos enteramos de que quien preside el jurado, el pintor que ganó la última edición del certamen, acaba de recibir una llamada en la que le comunican que ha obtenido un importante premio de pintura en Barcelona, dotado con 36.000 euros. Indago su nombre: Jorge Gallego. Un poco más tarde, en casa de J.A.M., tendré ocasión de admirar un par de cuadros suyos. Pero ahora lo que urge es que se anuncie el fallo, que se retrasa más de lo debido, tal vez porque el premiado, con la emoción del momento, no tiene la cabeza como para descender de su nube a este modesto y, sin embargo, importante pormenor, que para él mismo ha sido un jalón importante en su carrera. Mientras tanto, se concede el premio que vota el público, y que recae sobre un cuadro meramente decorativo, que retrata muy bien, no tanto el paisaje que reproduce, como los gustos medios de la concurrencia. Tras otro intervalo, se hace público por fin el fallo del jurado. El primer premio es para José Luis Mancilla, por un delicado y algo convencional paisaje tomado desde los altos del pueblo, entre las ruinas del barrio nazarí. Nuestros amigos, incluido J.A.M., no han conseguido ninguno. Y la sorpresa del día, al menos para mí, es que C., ha conseguido el premio en la categoría de estudiantes de secundaria... Sin quitarse el sombrero de paja con el que se ha protegido del sol a lo largo de todo el día, y asumiento un aire muy estudiado de artista, se acerca a recoger el regalo: un caballete. Y ya sólo queda celebrarlo, que es a lo que nos dedicamos todos, pintores, mirones y amigos, hasta altas horas de la madrugada.

Fotografía: Patrizia Marruffi, octubre 2008

3 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Pues enhorabuena para C. Qué día más envidiable habéis pasado. Montaña, pintura, almuerzo y galardón. Un abrazo.

alvaro dijo...

Qué buena idea; ya contarás qué tal te funciona la pinturopráctica, parece una técnica muy interesante.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Más que una técnica, es un hábito, que tengo desde que alcanzo a recordar. Y ha dado algún resultado: Cuaderno de Zahara, que es el libro mío de poemas al que tengo más cariño, nació como cuaderno de dibujos.