sábado, junio 27, 2009

EL EDIFICIO

Ahora que el edificio ha sido indultado, hablaré del edificio. Le gusta a uno tener opiniones inocuas, que tengan el menor efecto posible sobre la realidad, ya de por sí muy complicada. El edificio en sí –el de la Aduana, situado delante de la recién restaurada fachada de la Estación Vieja, y ocultándola– me parece un adefesio; como me lo parece, en general, toda la arquitectura que se cultivó en España en los años que siguieron inmediatamente a la Guerra Civil. Hubo entonces quienes pensaron que el nuevo régimen venía a restaurar las glorias de los Siglos de Oro, cuando sobre el Imperio no se ponía el sol. Y, consecuentemente, se aplicaron a remedar la arquitectura de entonces, igual que los malos poetas remedaban los sonetos de Garcilaso. Y debía de producir cierto estupor ver cómo, en medio de la penuria generalizada, la administración se permitía construirse esos edificios un tanto intimidatorios, a los que invariablemente se les añadía un pórtico de columnas, un frontón, unos chapiteles. Es decir: una vez rematada la arquitectura propiamente dicha (es decir, una vez resueltos, en sentido moderno, los espacios destinados a un uso práctico, normalmente administrativo), le llegaba la hora a la escenografía; y aquellos sobrios edificios de oficinas, que, sin esos revestimientos, lo mismo podrían haberse alzado en Minsk o en Vladivostok, porque todos los totalitarismos del siglo XX han tenido una estética muy parecida, se disfrazaban de El Escorial o de Alcázar de Toledo.

No engañaban a nadie, claro. En cuanto uno entraba en ellos se acababa el delirio historicista y comenzaba la realidad: la ventanilla, las colas, los impresos por triplicado, la póliza de cinco pesetas y el sello “voluntario” de ayuda a los inválidos de tal o cual cuerpo funcionarial o policial… Y todo eso ocurría entre tabiques de ladrillo fraguados con el mal cemento de la época, y en ese clima entre opresivo y absurdo que adquieren los lugares donde impera la arbitrariedad burocrática.

No digo yo que algunos de estos edificios no merezcan sobrevivir. El ejemplo más acabado de todos ellos, el antiguo Ministerio del Aire, en Madrid, impresiona por sus dimensiones y por los niveles de impostura que sugieren sus grandes torres esquineras o los altísimos pináculos que las rematan, y que a un niño de hoy recordarían las arquitecturas fantásticas de las películas de Harry Potter. Merece la pena conservarlo, aunque sólo sea para recordar qué clase de delirios aquejaba a la clase dirigente de hace medio siglo. No así este más humilde espécimen gaditano, cuya única función es tapar la airosa fachada de la estación de trenes, que representa todo lo contrario: la fe optimista en el progreso, la confianza en la fuerza del hierro, la ilusión de que allí, bajo la marquesina, empezaban todos los caminos del mundo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

5 comentarios:

Mabalot dijo...

Me parece muy bueno este artículo. Y demás, hacía tiempo que no escuchaba o leía la palabra adefesio. Es una palabra con mucho encanto, y un tanto cómica...

Un saludo.

Javier de´Navascués dijo...

Suelo coincidir al cien por cien contigo,pero esta vez me temo, José Manuel, que no lo estoy del todo. Es verdad que tengo razones sentimentales (desde niño veía todos los días el edificio desde la ventana de mi casa), pero también veo otras más objetivas: es un edificio bien ejecutado que,a pesar de su neoclasicismo, no desentona en el casco antiguo,tan clasicista por otro lado. Las connotaciones franquistas, por muy negativas que sean, no me parecen suficientes para rechazarlo: uno puede admirar una catedral sin ser católico, o incluso reventándole el catolicismo. El significado histórico de la arquitectura es una cosa y el formal, otra. Además, puestos a tirar, ¿por qué no se cargan el esperpento setentero que hay enfrente a la derecha de la aduana? Un abrazo.

Antonio Serrano Cueto dijo...

En parte opino como De'Navascués. Ese edicifio podría integrarse bien en la zona si se buscan ideas innovadoras que permitan un uso vinculado a la estación. Por otra parte, resulta llamativo que nadie en Cádiz reivindicara la belleza de la vieja estación cuando le encajaron detrás, como un mal dolor, ese dado inmenso de hormigón (Adif) que media entre ella y la estación nueva. No se oyeron voces, insisto, decir que eso (eso no llega ni a adefesio) atentaba contra la estética del entorno. Las polémicas en esta ciudad suelen estar sustentadas en el aire, el aire político.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bienvenidas las discrepancias, Javier y Antonio. Antonio: si hubiéramos tenido edad y posibilidad de expresarnos cuando se hizo ese edificio al que aludes, tal vez hubiésemos protestado. Aunque, como digo al comienzo de mi columna, lo que pretendo no es tanto forzar una decisión de quien corresponda, como dejar constancia de una apreciación muy personal, desligada de toda vinculación política. De hecho, tampoco coincido con quienes quieren derribar este edificio para levantar un hotel. Y en cuanto a las alusiones al franquismo, Javier, no son éstas las que sustentan mi argumentación. Lo que digo es que en esa época se hacía esa arquitectura historicista que a mí, personalmente, no me gusta, porque la considero un pastiche. Efectivamente (me consta tu cultura arquitectónica) éste es un edificio bien resuelto... pero con una máscara superpuesta, como las que denunciaba el arquitecto que encarnaba Gary Cooper en El manantial a propósito de ciertos rascacielos neoyorquinos revestidos de capiteles y columnatas.

Pero todo esto no es más que cuestión de gustos, claro.
Un abrazo a los dos.

Manuel G. dijo...

A veces uno opina sobre algo, de un cuadro o de una persona: "No me gusta", y no por eso quiere significar que haya que destruirlo...¿o sí?

La catedral de Sevilla es una inmensa catedral gótica en un sitio donde no viene a cuento. No me gusta. Por no hablar de la megalomanía de la Iglesia, su ansia impositora en la Andalucía recien conquistada.

En fin.