martes, junio 30, 2009

ELOGIO DE LA BIBLIOTECONOMÍA

Última jornada como encargado de esta biblioteca. Para celebrarla, decido fichar los libros que, por pereza, desidia o desinterés, he ido postergando hasta hoy. Es un material humilde: esos desechos que llegan por aluvión a los asilos de libros, porque entre quienes los compran y leen, y luego deciden deshacerse de ellos, rige aún el piadoso principio de no tirar jamás ninguno a la basura, o usarlos para encender la chimenea en invierno.

Miro sus portadas: una obra de ese conocido polígrafo revisionista que da todos los años a la imprenta varios tomos de erudición histórica, algunos tomos de sendas colecciones de "grandes" del cine y la pintura, unos panfletillos de la izquierda local sobre la crisis industrial que atenaza a la comarca... Llama la atención que, incluso entre estos detritos (como sucede, en fin, en ciertas capas de la población especialmente proclives al encuadramiento político extremista, de uno u otro signo), se establezcan estas apolilladas beligerancias ideológicas, o que entre ellos haya también quienes, por su adscripción nominal a las artes, se inhiban elegantemente de estas griterías... para recluirse en la insignificancia. Los libros son como las personas. En todo caso, más fáciles de tratar. Y la biblioteconomía, que es ciencia ecuánime, y muy apta para desengañados, guarda un lugar preciso para cada libro, una filiación exacta, que nada tiene que ver con las simpatías o antipatías que concite, sino que se basa en ciertos inevitables parámetros objetivos: los panfletos quedan marcados con el código 33, que es el que, en la C.D.U., corresponde a la Economía (y si es economía-ficción, falseada por determinados postulados ideológicos, peor para ellos), y el libro del historiador de derechas queda asignado, por su tema, al código 26, que es el que corresponde, creo, a la Historia del Cristianismo...

Lo bueno de colocar estos libros en la división que les corresponde es que, una vez ubicados allí, ya no es necesario volver a ellos. También quisiera uno hacer eso con determinadas personas. Pero ni siquiera en los tiempos optimistas en que se inventó la antropometría se establecieron criterios tan ecuánimes al respecto como los que rigen los libros.

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