martes, junio 09, 2009

FILIACIONES

Pese a la inevitable tosquedad del mecanismo, los resultados de unas elecciones democráticas siempre dan que pensar. La población castiga, en general, a los malos gobernantes, a quienes retira su confianza; pero tampoco premia gratuitamente al primero que se postula como sustituto. Y, dentro de lo que hay, escarba hasta dar con la opción que permita añadir un matiz diferencial a lo existente, para que, al menos mientras dura el recuento, exista la ilusión de un cierto cambio. No se puede hacer más con menos. Ya es algo.

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Un cuestionario, de ésos que se rellenan para entrar en ciertas "redes sociales" de Internet, me pide mi filiación política. El dato, naturalmente, es voluntario. Pero, como uno todavía no es muy ducho en las cautelas y disimulos que hay que guardar en estos medios, escribo cándidamente: "liberal progresista"; e, inmediatamente, la página me responde que no se ha encontrado a ningún otro asociado con semejante filiación... Y mira que intenté elegir la etiqueta más neutra y abierta posible; y que, a la vez, no llamara a engaño. Porque, si hubiera puesto "de derechas", creo que hubiera pecado de exagerado; y si pongo "de izquierdas", de pretencioso, porque no conozco a nadie que se defina de ese modo que no lo haga por presumir. Sin contar, en fin, que tanto una etiqueta como la otra remiten a una gama amplísima, en la que lo mismo puede uno coincidir con gente muy razonable que con auténticos energúmenos. Así que elijo una palabra que todavía me gusta ("liberal") y, como encuentro que su uso, de todos modos, se ha degradado bastante en los últimos tiempos, intento casarla con una etiqueta ("progresista") que me gusta menos, por pretenciosa, pero que, en la calderilla en la que se ha convertido el lenguaje político de hoy, valdría para definir a quienes, en último término, creen en cierta perfectibilidad del orden social y en la posibilidad de que éste, a través de sus instituciones, pueda corregir ciertas derivas indeseadas -aunque puede que necesarias- de nuestro natural egoísmo... Ya sé que, como definición no es muy buena, por lo que, en último término, opto por eliminarla. Y creo que he hecho bien, porque no creo que nadie pueda llegar a conocerme mejor, ni peor, por el hecho de aplicármela.

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De todos modos, me hace ilusión pensar que, en las últimas elecciones, un cierto número de votantes con los mismos problemas de indefinición que yo hemos conseguido colar al menos a un representante nuestro entre los elegidos.

4 comentarios:

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Tu representante también lo es mío. Un abrazo

Javier dijo...

Eso son ganas de marear la perdiz o miedo a definirse.
El término "progresita" en política es nuevo, políticamente hablando ni siquiera tiene traducción.

Anónimo dijo...

Tu última frase es muy reveladora. Haciendo de abogado del diablo, ¿no será que más que un problema de etiquetas -todas, estoy contigo, insuficientes o insatisfactorias- se trata de un problema de indefinición política, como tú mismo indicas? Y cuando hablo de indefinición política no me refiero a partidos ni a siglas sino a pensamiento político. Yendo a la raíz de la palabra, significa ciudadano, un honroso título frente a súbdito, etc. ¿Y aceptaremos no definirnos como ciudadanos, no ejercer como tales? De la indefinición a la indiferencia hay un corto espacio. Y la historia nos ha enseñado muchas veces las consecuencias de la indiferencia (y de la indefinición).
Un abrazo:
JLP

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Juan Antonio: me alegra la coincidencia.

Javier: ya decía que la palabra "progresista", tan devaluada y tan de relumbrón, no me gusta demasiado. Pero su uso en política sí que está acreditado: se remonta, como mínimo, a mediados del siglo diecinueve, cuando se usaba para definir ciertas tendencias "centristas", del liberalismo, que se postulaban como puente entre los sectores más conservadores y los abiertamente rupturistas. Era una palabra casi despectiva, y es curioso que en la actualidad se la hayan apropiado ciertos sectores biempensantes de la izquierda.

Y siempre bienvenido y querido JLP: sé que, como abogado del diablo, has pasado por alto que esa indefinición de la que hablo es meramente un problema semántico, de expresión. De puertas para adentro no hay indefinición en absoluto: creo que la individualidad está siendo atacada desde demasiados frentes (publicitarios, educativos, mediáticos, etc.), y por eso creo necesaria una puesta al día de los valores del primer liberalismo, el que alumbró los Derechos del Hombre y el Ciudadano; e igualmente creo necesario preservar, e incluso ampliar, el legado del llamado "estado social de derecho", más o menos vigente en toda Europa, aunque muy devaluado ya. En España, lo he dicho muchas veces en este cuaderno, no hay ningún partido que represente estos valores: no hay un partido liberal propiamente dicho, sino, en ese lado del espectro político, una irritante amalgama de conservadores más o menos oportunistas y recalcitrantes; y, a la izquierda, tampoco hay un verdadero partido socialdemócrata de corte europeo, sino un anquilosado partido populista a la hispanoamericana.

Así veo las cosas. Si esto no es definirse, que venga Dios y lo vea.