sábado, junio 13, 2009

HÉROES

Acaso como hubiera deseado, el monje errante Kwai Chang Caine encontró la muerte en Asia, aunque puede que no en las circunstancias más convenientes para su personalidad adusta y filosófica: David Carradine, el actor que interpretaba a este personaje en la serie Kung Fu, amaneció muerto en un cuarto de hotel de Bangkok, en circunstancias poco claras… Van muriendo poco a poco los héroes de la infancia de uno. Y ha muerto ya, también, la propia capacidad de uno de creer en los héroes, por más que no faltan, en nuestro entorno, quienes se postulan como tales, y también quienes los ensalzan y jalean, porque en este perro mundo hay gente para todo y muy poco respeto, en general, a la inteligencia y capacidad de discernimiento del prójimo. Con todo, a veces no hay más remedio que asentir a determinadas heroicidades, como la de ese joven chino que, según hemos recordado estos días, al celebrarse el veinte aniversario de los disturbios de la plaza de Tiannamén, se plantó delante de un tanque y obligó al desconcertado tanquista a bailar la vergonzosa danza del verdugo que titubea antes de asestar el golpe... No por nada el protagonista de esta hazaña era compatriota del monje shaolín que encarnó Carradine en la mencionada serie. Y, como él, sabía que para desconcertar a los malvados no hace falta más que exhibir la propia paz interior, la serenidad alcanzada por el dominio de uno mismo…

En los ya lejanos años setenta éramos todos bastante receptivos a esos mensajes: el “paz y amor” de los hippies estaba de moda, como lo estaban las filosofías orientales y la ficción de que las sociedades de Occidente estaban en franca descomposición. Y bastó que un productor avispado echara a andar por los caminos del Oeste a esta mezcla de hippy y monje para que, de pronto, esos horizontes familiares, en los que estábamos acostumbrados a ver cabalgar a indios y vaqueros, se revistieran de pronto de esa especie de dignidad a la intemperie que atribuye uno a la antigua Grecia, en la que los filósofos dialogaban a la sombra de los olivos, con un trasfondo de cigarras, como hacía Carradine en los altos de su andadura para escuchar las cuitas de una joven viuda, de un indio perseguido, de un campesino pobre…

No sé qué clase de impaciencia o qué prejuicio me han llevado a no seguir, desde hace lustros, ninguna serie de televisión. Acaba uno aburriéndose de los héroes repetitivos, y hasta de la heroicidad misma, como acaba uno harto de quienes se adornan de determinadas ideas o creencias, en la ilusión de que la mera profesión de las mismas basta para redimir una aburrida existencia burguesa. Y echa uno de menos a Kwai Chang Caine y su filosofía de bazar, de cachimba y mercadillo, de todo a cien. Porque lo otro, como ha quedado de manifiesto en la última campaña electoral, aburre hasta a las piedras.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

3 comentarios:

Olga B. dijo...

Bonita reflexión sobre los héroes. Nunca deberían morir en extrañas circunstancias,ni aunque sean ficticios, porque la media sonrisa inevitable acaba con la inocencia necesaria para admirar un poco su recuerdo.
Yo los echo de menos, recuerdo el muchacho frente al tanque, y ese temblor del tanque que parecía un toro pensándose embestir, sorpendido por la fuerza del frágil cuerpo humano que tenía delante.
Fue un gesto heroico, uno de los más bellos que yo he visto.
Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, esa media sonrisa que nos vuelve un poco más cínicos. Saludos.

Anónimo dijo...

Para mí no era el de las películas de Tarantino. Para mí era Kung Fu, el pequeño saltamontes. Para unos pocos mitos intocables que teníamos... Todo tan hippy y tan zen... No seré yo quien le juzgue, porque le debo muy buenos momentos de mi infancia. Buen artículo.
Un abrazo.
JLP