sábado, junio 06, 2009

HILO MUSICAL

Le digo al conductor de este autobús interurbano que hace su servicio entre las poblaciones de la Bahía de Cádiz: “¿Sería usted tan amable de bajar la radio? Es que ahí atrás las paredes retumban…”. Y el conductor tarda en entenderme; tal vez, me parece, porque el estruendo también es considerable en esta zona del autobús. Pero no: por su cara, sé que me ha oído, e incluso que les ha encontrado sentido a mis palabras, y que lo que le resulta incomprensible es mi pretensión. Lleva años conduciendo, parece querer darme a entender, y jamás nadie le ha protestado por el volumen de la radio. ¿Qué pasa? ¿Acaso no me gustan los “40 principales”? ¿Preferiría escuchar la tertulia de la COPE? Y yo casi lamento haberle dicho nada, porque sé que un conductor de autobús, como la mayoría de quienes trabajan para un público aleatorio, ha de soportar diariamente su porción de maniáticos y protestones; y que, en días de viento de levante, como el de hoy, esa proporción de locos se dispara. Sin duda, debo de parecerle uno de ellos. Y vuelvo sobre mis pasos, de regreso a mi asiento, cuando mi mirada tropieza con la de un conocido.

Me apresuro a contarle mi cuita, y veo que frunce el ceño y hace todas esas contracciones faciales que indican que realiza un serio esfuerzo por entenderme. “Es este ruido”, casi le grito. “No se puede ni hablar”. Y entonces caigo en la cuenta de que el motivo por el que no me oye no es el ruido externo, sino el que sale de unos pequeños auriculares que lleva puestos. “Disculpa”, dice, sacándose de la oreja uno de ellos. “Es que este autobús es tan ruidoso que, como uno no se aísle, se vuelve loco”. Ya, me digo. Y, aunque veo que mi compañero de viaje está dispuesto a renunciar durante unos minutos a su particular burbuja de ruido, en deferencia a mis intentos de conversación, insisto en que no lo haga. Para qué. No iba a entender lo que hubiera querido explicarle.

Llego a mi destino un tanto mareado. Pienso que me hará bien tomarme un refresco. Entro en un bar. Me recibe el sonido metálico, hueco, de un televisor que emite una cascada de anuncios. Lo curioso es que en el bar no hay nadie, y ni siquiera el camarero parece estar pendiente de la emisión. “¿No podría apagarlo?”, le digo. Pero no necesito esperar la respuesta: por segunda vez en este día, leo en la mirada de alguien el fastidio de quien, por su oficio, ha de mostrarse paciente con toda clase de maniáticos. Me voy a casa. Por la tarde, decido ir al médico, a que me recete algo contra el dolor de cabeza. Me indican una salita de espera. Pero no llego a entrar, porque desde la puerta puede oírse ese “hilo musical” que, por no permitir que uno escuche sus propios pensamientos, es el mejor preventivo posible contra cualquier enfermedad. Que es lo que parece creer todo el mundo, y no sólo este médico.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

4 comentarios:

Máster en Nubes dijo...

Con permiso.

Los pensamientos de uno o hasta el silencio, esa cosa que ha desaparecido ya, tan estupenda.

Y no menciono la imposibilidad, al menos en Madrid, de encontrar un restaurante donde nos podamos oir, además de cenar.

arati dijo...

Es un abuso la invasión del común espacio sonoro.
Se puede elegir no mirar, no tocar, no probar, abrigarte o taparte si no te gusta el aire acondicionado, pero, mecachis, no puedes cerrarte los oídos ni la nariz.
Porque el espacio olfativo es otro tema peliagudo...

loganfugado dijo...

No podría sentirme más identificado, sobre todo al sentir esa clase de mirada despreciativa ante lo supuestamente obvio.

Saludos

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, lo del espacio olfativo merece otro artículo. Ayer anoté lo de esa mujer que olía a pulpa de coco. Y lo que me lleva a sorprenderme de estas cosas es la sensación que dan de crear una intimidad no pedida entre extraños: ella, por brindarme su olor, y yo por percibirlo sin haberlo pretendido ni buscado.