jueves, junio 18, 2009

INOCENCIA

Si viviera exclusivamente de la literatura -digo, es un decir-, posiblemente muchas de mis jornadas se parecerían a la tarde en la que anoto esto: puro trabajo a destajo, en el que paso, sin solución de continuidad, de la correspondencia más o menos comercial, que es imprescindible mantener al día, a los trámites de intendencia, pasando por la ejecución de unas pocas, pero necesarias, páginas de encargo. No sería, pienso, una vida mucho más despejada o cómoda que la que llevo ahora, alternando enseñanza con literatura; ni tampoco, entiendo, permitiría dedicar a esta última, en su aspecto estrictamente creativo, un espacio mucho mayor. Pero no lo digo para consolarme: también, supongo, debe de resultar muy satisfactorio ganarse el sustento con este mero destilar de la inteligencia, aunque sea aplicado a despachar una reseña o un artículo. Digo yo.

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En estos tiempos tan poco convencionales, el papel de la ropa -y muy especialmente, y espero que nadie se ofenda por ello, el de la ropa femenina- es meramente convencional: se lleva encima para cumplir con la convención que establece ir vestidos; pero no para cubrir, abrigar, proteger o disimular la anatomía, que queda, más bien, subrayada y destacada, cuando no meramente expuesta a través de telas ajustadas o transparentes. Vestido y desnudez ya no son antitéticos, sino complementarios. Y quizá la única inocencia que nos queda (que tampoco lo es) es la que se alcanza en las playas nudistas, que son los lugares más pudibundos que conozco.

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Me animan a hablar y cuento un sinfín de batallitas literarias de hace un cuarto de siglo. Y lo único que consigo, creo, es reafirmar en mi interlocutor la impresión de que, a todos los efectos que puedan considerarse desde sus benditos treinta años (que en estos tiempos equivalen a mis veinte, o a mis dieciocho), mis cuarenta y seis equivalen a la plena senectud.

2 comentarios:

Antonio González dijo...

-Sólo escritor... No siempre han sido mejores (es lo que cuenta, ¿no?)los que sólo han sido escritores.
-Ropa femenina... Me hizo reír un dicho que hace pocos días, aunque al parecer ya es viejo, me citó mi mujer: "Antes había que bajarles las bragas para verles el culo. Ahora hay que abrirles el culo para verles las bragas".
-Tener treinta años, tener cuarenta y seis... Yo tengo cincuenta y siete; y supe a los veintisiete que no había muerto a los diecisiete, sino que había sobrevivido.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Estupendas puntualizaciones, Antonio. Y muy especialmente la segunda.