viernes, junio 19, 2009

WC

Lo único que no ha cambiado de esta facultad en los veintitantos años que hace que salí de ella es el inenarrable estado de los servicios: esa suciedad que, más que consecuencia del uso, parece fruto del ensañamiento; y esas pueriles batallas entre presuntos extremistas de ambos signos que se libran en las paredes... Cuesta pensar que quienes hacen estas cosas son los mismos que luego encuentra uno en las aulas o en la biblioteca, aprendiendo lenguas muertas o estudiando a los clásicos. Así luego sale lo que sale.

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Sin embargo, algo habrá que decir de estos servicios. Cuando yo estudiaba en la vieja facultad de letras, solía hacer a pie el camino de ida y vuelta, para ahorrarme el autobús. Era una caminata de una hora; que, a primera mañana, recién levantado y sin haber rendido aún la inevitable visita al baño (uno siempre ha sido duro de vientre), terminaba por aflojarte las tripas y hacía que llegaras a tu destino cuando ya no podías aguantar más; por lo que lo primero que hacía al entrar en la facultad era encerrarme en el servicio, y me sentía afortunado de poder hacerlo, ya que mucho peor era cuando el arrechucho te pillaba a mitad de camino y no había más remedio que entrar en un bar; lo que, al inconveniente de la suciedad, unía el de la falta de papel higiénico o el semblante desaprobador del camarero cuando constataba que el extraño que había usado su retrete se marchaba sin hacer gasto... Con lo que el desabrido aseo de la facultad acabó alcanzando una cierta cualidad familiar y hogareña. Mi carrera de filología, de hecho, consistió en poco más que en estas visitas diarias al retrete, a las que habría que sumar otras tantas a la biblioteca.

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No conozco a ese poeta, me dice esta profesora parlanchina que se me ha sentado al lado y escudriñado la portada del libro que yo leía mientras los alumnos sudaban su examen:
Misteriosamente feliz, de Joan Margarit. "El único poeta catalán que conozco es Fonollosa", me dice. Y yo le comento que, cuando apareció Ciudad del hombre, Nueva York, fueron muchos los que pensaron (y a mí me pareció muy comprensible) que poeta y obra eran invenciones del editor, Gimferrer. "Qué curioso", me dice, ajena al humor que rige la mundología literaria. Por alargar la conversación, le pregunto si ha leído a Gabriel Ferrater. Y ella, para devolverme lo que debe de considerar un intento deliberado de pillarla en falta, me pregunta a su vez qué universidad inglesa o americana le recomendaría yo para hacer un curso de didáctica de las lenguas... Quedamos en tablas.

2 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Lástima, querido José Manuel, que entre los estudios de esos alumnos supuestamente "graffitteros" se te haya ocurrido el de lenguas muertas (y lástima que le apliques ese nombre). Uno tiene su corazoncito. Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Era un poner, Antonio, como dicen en Cádiz. Y vaya por delante mi amor a esas lenguas "muertas".