viernes, julio 17, 2009

BIQUINIS EN LAS RAMBLAS

Durante decenios hemos abrigado la fantasía de que progreso y, digamos, desinhibición iban unidos. Cuando nos veíamos a nosotros mismos como criaturas del terruño, más o menos tocados con boina, sabíamos que la riqueza estaba de parte de aquellas criaturas nórdicas que venían a pasearse sucintamente vestidas por nuestras playas, mientras que el atraso estaba del lado de las que llevaban pañuelos y refajos. Naturalmente, esta ley no está libre de excepciones. En la Costa del Sol, sin ir más lejos, saben que el mejor turista posible no es el que viene desnudo, simbolizando desinhibiciones y libertades largo tiempo soñadas en estos pagos, sino el que llega envuelto en túnicas y caftanes y debe su riqueza al petróleo. Hay algo extremo en la exhibición corporal, que hace que la apliquemos por igual al absolutamente despojado y al que, por su riqueza, se sitúa más allá de las normas. Desnudos están los santos en el momento del martirio y los privilegiados en medio de una orgía. Los demás practicamos, al respecto, una moral fluctuante; y, por lo mismo que, respecto al vestido, ninguna persona normal gasta los suntuosos trajes que ahora sabemos que son patrimonio exclusivo de algunos políticos, respecto a la desnudez tampoco hacemos gala de la suprema desvergüenza de una reina de la farándula o de un dios griego: nos apresuramos a ponernos en paños menores allí donde la costumbre dice que hay que estar en paños menores; y nos vestimos como vendedores de enciclopedias allí donde la etiqueta exige que hay que llevar, como mínimo, traje oscuro y corbata.

Todo esto viene a cuento porque he leído que los comerciantes de Barcelona han sugerido que debería prohibirse ir en bañador o biquini por las calles de la ciudad, como hacen muchos turistas. Lo que, como suele ocurrir, ha dividido de inmediato a la opinión pública en dos bandos: el de los que aprovechan la ocasión para añorar un mundo en el que todo el mundo llevaba corbata y chaleco, y el de los libertarios a rebufo, que ven en cualquier directiva municipal un ominoso recorte de derechos. Posiblemente lo que ocurre es que empieza a deshacérsenos la idea de que el foráneo rico venía siempre más ligero de ropa que el natural del país, y que el desfile de carnes fofas en el que se ha convertido el mundo desarrollado ha dejado de ser agradable en aquellos lugares en los que la exhibición de esas carnes no procede. En fin. Uno es partidario de la desnudez ligeramente descontextualizada, porque la contemplación de los cuerpos ajenos es tanto más agradable cuanto más inesperada. Ver una rodilla donde no se espera ver nada es mucho más sugerente que ver un cuerpo en pelota picada donde no se ve otra cosa que cuerpos en pelotas. Supongo que lo que pasa en las Ramblas, como en otros lugares, es que nadie se sorprende ya de nada. Y eso aburre.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Aquilino Duque dijo...

Conforme con tus reflexiones y qué me alegro de esta coincidencia.